Sugarland (2025): intimidad y silencio en la carretera
Por Juan Canteli Maza · CineFilm
Sugarland (2025)
Isabella Brunäcker
Austria · 86 min
Silencio, intimidad y economía narrativa
Isabella Brunäcker se inicia en el cine con Sugarland, una obra escrita y dirigida por esta joven cineasta que obtuvo el premio Birgit Jürgenssen, la beca estatal de Cine de Salzburgo y acaba de alzarse con el premio Especial del Jurado del FICX.
Iga (Jana McKinnon) conduce casi por inercia cuando recoge a Ethan (Wolfgang Oliver), un autoestopista cuya presencia no altera de inmediato su trayectoria, pero sí la habitabildad del BMW en el que viajan. Entre ambos jóvenes no hay grandes confesiones, intentos de flirteo ni giros dramáticos; lo que se construye es una intimidad basada en silencios compartidos, miradas laterales y conversaciones que parecen no decir nada y, sin embargo, lo dicen todo. Brunäcker confía en esa economía narrativa con una convicción poco habitual, algo que puede chocar al espectador mediterráneo en comparación a sus compatriotras europeos del norte, dados a rellenar siempre el vacío sonoro con conversaciones de ascensor.
Brunäcker filma el movimiento como una forma de pausa. La película se presenta como una road movie, pero pronto deja claro que la carretera no conduce a ningún lugar concreto: es un espacio suspendido donde los personajes se permiten existir sin la presión de llegar a una conclusión. Y la vida continúa su marcha, pero no se deja llevar por la imperiosa necesidad del ahora, sin un smartphone que rompa con el presente, al menos durante los primeros cuarenta minutos de metraje, y pese a ello sin resultar determinante, lo cual se agradece.
Captura un estado de ánimo generacional, una manera de estar en el mundo marcada por la incertidumbre, la desconexión consciente y el deseo difuso de algo que no se sabe nombrar. En esa indefinición reside tanto su riesgo como su fuerza expresiva.
Textura y mirada: el Super 16 como estado de ánimo
Rodada en Super 16 por el director fotografía Matthias Helldoppler, con una Arriflex 416 y película de Kodak Vision3, la película posee una textura casi táctil. Helldoppler tiene un ojo excelente para reproducir naturalmente el color de unos paisajes industriales, carreteras grises y espacios de tránsito que refuerzan la sensación de un mundo desprovisto de épica, donde los personajes avanzan sin certezas. La cámara observa sin juzgar, sin imponer emociones, dejando que el espectador complete los huecos y que sean los giros de los acontemientos los que hagan pensar al público cúal será el siguiente paso. Un cine, en ese sentido, que exige atención y paciencia, y que no ofrece recompensas inmediatas.
Sugarland puede desconcertar a quienes busquen una historia cerrada o un arco narrativo tradicional. Cumple con todos los cánones de una película independiente, pero esquiva inteligentemente los estereotipos y genera una expectativa que, al final, se convierte en un verdadero regalo para el espectador.
No es una película que se imponga; se desliza lentamente, como el viaje que propone. Y cuando termina, deja la sensación de haber compartido un trayecto breve pero extrañamente honesto, de esos que no cambian la vida, pero la observan con una claridad inesperada ·

