Las costuras invisibles de Europa
Por Juan Canteli Maza · CineFilm
Made in EU (2025)
Dirigida por Stephan Komandarev
Bulgaria · 102 min
Stephan Komandarev y el realismo incómodo
Stephan Komandarev regresa un año más al FICX para ofrecernos de nuevo, después de su última cinta —Las lecciones de Blaga (2023)—, una historia incómoda, de mirada frontal, donde la denuncia no se formula en discursos abstractos sino en un realismo protagonizado por cuerpos agotados y rutinas que aplastan lentamente a quien las repite.
Made in EU es una de esas películas que no levantan la voz, pero cuya indignación va creciendo a medida que avanza el metraje.
Iva: cuerpo agotado en la maquinaria industrial
La protagonista, Iva (Gergana Pletnyova), es una costurera en una pequeña ciudad búlgara, que trabaja explotada, junto a sus compañeras, para esas grandes empresas multinacionales de ropa que colocan a sus propietarios en los primeros puestos de la lista Forbes (Sí, estamos hablando de Inditex y Don Amancio).
La vida de Iva transcurre entre turnos interminables, salarios mínimos y una normalidad precaria que el público observa con una frialdad casi documental.
Cuando estalla la pandemia de COVID-19, Iva se convierte en el primer caso oficialmente registrado y la comunidad, necesitada de una culpable, la convierte en el blanco perfecto al descubrir que acudió al trabajo a sabiendas de su estado. Sin embargo, ella no será castigada por el error cometido, sino por lo que representa: una pieza más del engranaje industrial que busca chivos expiatorios para justificar sus pérdidas económicas.
Komandarev articula el relato como una radiografía de la Europa contemporánea, esa que presume de valores comunes mientras tolera desigualdades profundas dentro de sus propias fronteras. El título funciona como una ironía persistente: todo «está hecho en la UE», sí, pero no todos viven bajo las mismas condiciones. Nos interpela al manifestar la hipocresía de una sociedad que decide dejar de comprar ropa fabricada en China o Bangladés para evitar la etiqueta roja de sobrexplotación —no por ello sin dejar de pedir compulsivamente a través de Temu o AliExpress— y escoger una verde que apuesta por la economía de proximidad, pero que acaba destiñendo esclavitud a más de 30 grados, sin valorar el precio humano invisible que hay cosido en el reverso.
Violencia invisible y viralidad digital
La película evita el subrayado fácil y muestra la acumulación de pequeñas violencias: acusaciones al pasar, miradas esquivas, una serie de videos virales que acaban deshumanizando a la persona y convierte el anonimato en un monstruo sin escrúpulos.
La puesta en escena es austera, casi áspera, y la cámara se mantiene siempre cerca de Iva, sin convertirla en heroína ni en mártir. Su resistencia es silenciosa, y por eso resulta tan perturbadora. No hay catarsis ni alivio final; solo la certeza de que el sistema seguirá funcionando igual mañana.
Cabe señalar —pareciendo una broma de mal gusto, pero perfectamente ejecutada por el director— que la película se proyectó por casualidad en un centro comercial, contenedor de los productos low cost que denuncia la película. Y, como colofón a dicha broma, el firmante de esta reseña no tuvo mejor idea esa tarde que acudir al estreno con una enorme bolsa de Zara, tras hacer unas compras mientras mataba el tiempo antes de acceder a la sala. ¿Ironías del destino? Si lo prefieren, pequeñas tragedias cotidianas ·

