Entrevista a Lía Lugilde

Conversación sobre Saltar (2025) | Especial

Lía Lugilde reflexiona sobre el salto como gesto simbólico en su cortometraje documental Saltar, ambientado en Asturias

El salto: otra manera de filmar Asturias

¿Qué te motivó a hacer Saltar? ¿Cuál fue el mayor reto y hallazgo a la hora de hacer esta película?

He estado aproximadamente seis años trabajando en este documental. El proyecto surgió de una preocupación personal: aunque no he vivido el suicido en mi entorno más íntimo, sí tuve algunas experiencias cercanas y he crecido junto al Cabo Peñas, un lugar marcado por esta realidad. Esto me llevó a querer entender qué estaba ocurriendo en la sociedad asturiana para que exista una tasa de suicidios tan alta y a hacerlo desde mi propio lenguaje, el cine.

El mayor reto a la hora de abordar este tema fue encontrar un equilibrio entre la sensibilidad y la honestidad. Para mí era muy importante no cruzar ciertas líneas éticas, pero tampoco quedarme en la superficie. El cine, como cualquier arte, debe provocar emociones y, aunque en este caso puedan resultar incómodas o dolorosas, mi prioridad era romper el silencio y contribuir a que se hablara del tema. El principal hallazgo fue personal: pasé de tener una visión algo romántica sobre la libertad de elección en torno al suicidio a comprender que, en la mayoría de los casos, no se trata tanto de una decisión libre como de una situación de profundo sufrimiento en la que la persona se siente prisionera.

«El salto es la forma de suicidio más utilizada en Asturias y creo que puede estar vinculado con la idiosincrasia asturiana, con nuestra manera de arrasar e ir hacia adelante, a veces de forma impulsiva»

En el cortometraje abordas una realidad que sitúa a Asturias como la comunidad autónoma con la mayor tasa de suicidios en España desde 2011. Según datos del INE, sólo en 2024 se quitaron la vida un total de 114 personas en la región, unas cifras equiparables a las de los países nórdicos y para las que se han apuntado distintas causas: envejecimiento poblacional, soledad, aislamiento por la orografía o factores socioeconómicos derivados de la reconversión industrial y la crisis del 2008. ¿Qué otros elementos crees que pueden influir para que Asturias lleve más de una década encabezando las estadísticas?

El número real de suicidios en Asturias no lo conocemos. Cuando me reuní con el grupo de estadísticos entendí que, en muchos casos, es difícil catalogar una muerte como suicidio, ya que, la mayor parte de las veces, no se investiga a nivel forense, salvo que exista un interés explícito por parte de la familia o haya indicios muy claros, lo que lleva a que gran parte de ellos terminen registrándose como accidentes. Esto hace que la cifra real sea probablemente mucho más alta de la que trasciende oficialmente. Algo que me impactó especialmente es que estos datos no se comparten de forma sistemática entre profesionales; ni siquiera el Colegio de Psiquiatría tiene acceso a ellos. Sería fundamental que esa información pudiera circular entre los distintos ámbitos implicados, para poder establecer patrones y diseñar estrategias de prevención que permitan abordar el problema de manera conjunta y coordinada.

Hasta ahora, el índice más alto se sitúa en hombres de entre 50 y 60 años, con un porcentaje muy significativo en las cuencas mineras, especialmente entre prejubilados vinculados al antiguo sector industrial. En ese contexto, Asturias es también una comunidad muy ligada al consumo de antidepresivos y al alcohol —este último como una forma de ocio completamente generalizada que no se da con la misma intensidad en otras comunidades—. Personalmente, creo que la región vive en parte anclada a su pasado industrial y a una etapa de crecimiento que hoy se encuentra en declive, lo que genera una sensación de pérdida difícil de gestionar.

«Cabo Peñas es el segundo lugar más turístico de Asturias después de Covadonga y uno de los puntos con mayor tasa de suicidios»

Has escogido varios escenarios de Asturias el Cabo Peñas, el Elogio del Horizonte o el viaducto de Las Coruxas donde tienen lugar este tipo de situaciones. En ese sentido, el paisaje adquiere un papel protagonista, marcado por el fuerte contraste entre la belleza estética de las imágenes y la crudeza de lo que se está narrando. ¿Crees que filmar estos espacios de ese modo puede transformar la manera en que nos relacionamos con ellos después?

El paisaje tiene muchísima importancia en el documental. Primero, realicé una investigación sobre los lugares donde más se repetían este tipo de situaciones. Por cercanía geográfica y emocional, tenía muy claro que el Cabo Peñas debía ser un protagonista esencial. Lo mismo ocurría con Gijón, la ciudad donde resido. En el Elogio del Horizonte, por ejemplo, he visto subir a la policía en numerosas ocasiones. Para mí era fundamental filmar el Cabo Peñas desde una perspectiva muy bella, mostrar la pureza del paisaje en su máximo esplendor y, al mismo tiempo, confrontarlo con la crudeza del relato para resignificar el espacio. Se trata del segundo lugar más turístico de Asturias después de Covadonga y, sin embargo, también es uno de los puntos con mayor tasa de suicidios. Durante el rodaje cambió mi propia mirada y la de quienes me acompañaban: el paisaje dejó de percibirse sólo como algo bello para empezar a observarse también desde su arista más afilada y peligrosa. Espero que esa transformación alcance también a quienes vean la película.

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Cabo Peñas es el segundo lugar más turístico de Asturias y uno de los puntos con mayor tasa de suicidios de la región.

El corto tiene un marcado tono experimental y artístico, intercalando imágenes de archivo de las Olimpiadas de Berlín de 1936 con los entrenamientos de una nadadora profesional, o explorando las distintas acepciones de la palabra “saltar”. ¿Cómo decidiste que querías contar esta historia desde ese lenguaje y no con un tono más periodístico apoyado en datos cuantitativos?

Entiendo el cine desde un plano más artístico que formal y, aunque en coloquios y entrevistas me guste mencionar los datos, siempre quise alejarlos de la película, ya que creo que quien quiera puede acudir a ellos por su cuenta. El documental es un formato muy libre que te permite mezclar imágenes y reflexiones de naturaleza muy distinta. Además, al estar rodado durante seis años, el material con el que contaba era muy diverso técnicamente, pero, en lugar de ocultar esas diferencias, decidí incorporarlas al propio lenguaje de la película.

En cuanto a las imágenes de archivo, aunque fue complejo y costoso conseguirlas —al tratarse de un material muy protegido por estar vinculado con el nazismo—, estaba convencida de que debían formar parte de la película. Además de hablar del suicidio, el documental también analiza el salto como gesto físico y simbólico, por lo que quise acompañar esa idea de una dimensión estética, rescantando esas imágenes y extrayéndolas de su significado original para darles un nuevo sentido. Al final, juego con la resignificación de la misma manera que hago con el paisaje.

El buceador de la tumba de Paestum, imagen asociada al gesto del salto en el cortometraje Saltar de Lía Lugilde
Tumba del nadador, Parque Arqueológico de Paestum (Campania), 480-470 a.C.

¿Por qué te interesó especialmente el salto?

En Asturias, el salto es la forma de suicidio más utilizada. Cuando descubrí este dato me quedé profundamente impactada, porque me parecía una forma especialmente violenta. Hablando con psiquiatras, algunos me decían que en ese acto se vencen dos miedos a la vez: el miedo a la muerte y el miedo a las alturas, dos temores a los que quizá, en otras circunstancias, no nos enfrentamos de manera tan directa.

A partir de ahí decidí investigar qué ocurría en las comunidades limítrofes, donde se emplean otros métodos. Esto me llevó a pensar que no se trataba de una cuestión geográfica o climatológica y empecé a sentir que podía estar vinculado, de algún modo, con la idiosincrasia asturiana, con nuestra forma de ser. No es algo que pueda demostrar, pero intuyo que guarda relación con esa manera tan característica nuestra de arrasar, de ir hacia delante con determinación, a veces de forma impulsiva. 

Vista del Cabo Peñas en Asturias, uno de los paisajes centrales del cortometraje Saltar de Lía Lugilde
Saltar. Del lat. Saltare (danzar, bailar). Reaccionar con viveza, sin poder contenerse”

¿Te llegó a afectar emocionalmente trabajar durante tanto tiempo con este tema? ¿Sentiste la necesidad de distanciarte de ello en algún momento?

Sí, sobre todo en algunos momentos del rodaje. Un elemento que no había previsto era mi propia presencia, pero a raíz de ser testigo de un episodio muy duro decidí llevar el proyecto a un terreno más creativo y personal. Acudimos a documentar la búsqueda de una chica que había desaparecido y de la que se sospechaba que podía haberse precipitado desde el Cabo Peñas. En medio de ese operativo, mientras yo estaba allí documentando las labores de búsqueda del helicóptero de rescate, una persona se lanzó delante de todos nosotros. Aquello me dejó destrozada. Sentí que no podía continuar con el proyecto, que era demasiado.

Al día siguiente, los medios hablaron de un accidente y eso también me removió profundamente: tuve la sensación de que se estaba ocultando la verdad y anulando la decisión y la historia de esa persona. Ese tratamiento mediático fue el detonante definitivo para convencerme de que esto no podía quedar silenciado. Comprendí que, si la realidad que estaba intentando retratar sucedía frente a mí, era necesario contarla.

Vivirlo tan de cerca consume mucho y necesité compaginarlo con otros proyectos audiovisuales para “subir a la superficie a coger aire” de vez en cuando, porque pasar tanto tiempo inmersa en este tema fue emocionalmente muy exigente. Con el tiempo, he logrado tomar cierta distancia y puedo hablar de ello desde otro lugar. Ya no tengo la sensación tan vívida como cuando rodé el documental, aunque me sigue impactando cuando lo veo.

Retrato de la cineasta asturiana Lía Lugilde, directora del cortometraje Saltar
La cineasta Lía Lugilde, directora del cortometraje Saltar.

En el corto no hablas de casos concretos, sino que te acercas a la realidad de personas que, sin ser protagonistas directos, conviven de manera frecuente con esa realidad, como el barquero o el vecino que vive junto al puente. ¿Cómo surge la decisión de abordarlo desde esa mirada lateral?

El germen de la historia surgió precisamente cuando conocí el caso del hombre que vive bajo el viaducto desde el que se arrojan las personas. Me pareció muy sorprendente cómo una parte de la sociedad  que, en principio, no está implicada de manera directa en estos hechos, convive con esa realidad y, al mismo tiempo, mantiene un enorme tabú en torno a ella. Otra de las cosas que observé fue que, a nivel social, muchas veces cuando hablamos de este tema lo hacemos desde el humor negro. En las entrevistas, algunas personas lo trataban con cierta risa o ligereza. Creo que ese humor funciona como un escudo de defensa colectivo, una forma de protegernos frente a algo que nos incomoda y nos duele.

Como dices, el suicidio sigue siendo a día de hoy un gran tabú social, muchas veces ligado al miedo a un posible efecto llamada. Para algunas personas, hablar de ello puede actuar como desencadenante para que se produzcan más casos, mientras que para otras la visibilización es precisamente el primer paso para poder afrontarlo y tomar medidas. ¿Qué papel crees que puede desempeñar el cine ante esta realidad y dónde se posiciona tu corto?

Hablando con estadísticos, no está demostrado que exista ese supuesto efecto llamada y, conversando con psicólogos y psiquiatras, muchos defienden claramente la postura de la visibilización como una forma necesaria para poder abordar el problema y tratarlo. Hasta los noventa, en el ámbito periodístico estaba prácticamente prohibido hablar tanto de violencia de género como del suicidio. Después se empezó a informar sobre la violencia de género, pero el suicidio siguió quedando oculto. Sí es cierto que en los últimos años noto que se empieza a hablar un poco más, aunque todavía queda mucho camino por recorrer.

Es cierto que algunas asociaciones de víctimas del suicidio piden que no se muestren los espacios ni los métodos, por temor a que pueda influir en conductas similares, aunque no existen evidencias claras que respalden esta postura. Algunos profesionales incluso plantean la instalación de paneles en determinados lugares como medida disuasoria, aunque es cierto que, para una persona que ya ha tomado la decisión, probablemente eso no vaya a suponer un freno.

En mi caso, tenía claro que iba a abordarlo de forma directa, mostrando el máximo respeto pero sin esquivarlo. Creo que, como sociedad, nos puede ayudar a generar conciencia y a prevenir. En comunidades como Madrid, que tiene una tasa elevada —aunque no tanto como Asturias—, bomberos y policías cuentan ya con cierta formación específica en prevención del suicidio. Sin embargo, en Asturias todavía no existen unidades especializadas de este tipo.

¿Cómo crees que podemos, a nivel individual o colectivo, abordar esta realidad?

Creo que podemos aprender a detectar ciertos patrones o señales en personas que están necesitando ayuda y, a partir de ahí, tender una mano, desarrollando una mayor sensibilidad y capacidad de escucha. También es cierto que, como familiar o persona cercana, en muchas ocasiones quizá no puedas hacer nada más de lo que ya has hecho. Hay mucha gente que no logra aceptar la muerte de un ser querido porque siente que podría haber tenido alguna responsabilidad. Esa sensación de culpa es muy frecuente, pero no siempre responde a la realidad. Por eso también es importante entender que no todo está en nuestras manos, aunque sí podamos contribuir a generar entornos más atentos. A veces, algo tan sencillo como preguntar o acompañar puede marcar la diferencia.

¿Qué reflexiones te gustaría suscitar en el público con este cortometraje?

Tenía claro que no quería hacer un corto conclusivo, porque no soy una voz autorizada para dar respuestas definitivas. Lo que pretendo es plantear ciertos debates y que, después, cada espectador se los lleve a casa y los medite un poco. También quería que, en algunos momentos, se sintieran incómodos frente a ciertas situaciones o ante la manera natural en que algunas personas hablan del suicidio. Puede que eso duela o incomode, pero creo que es necesario que el cortometraje impacte, que deje un resquicio, algo que se digiera lentamente y que te haga quedarte pensando en ello.

Si necesitas ayuda o apoyo

El Ministerio de Sanidad promueve la Línea 024 de atención a la conducta suicida. Se trata de una línea de ayuda a las personas con conducta suicida, y a sus familiares y/o allegados, a través de la contención emocional por medio de la escucha activa de los profesionales de la Línea 024, la recomendación de que contacten con los servicios sanitarios del Sistema Nacional de Salud o la derivación al 1-1-2, en los casos en los que se aprecie una situación de emergencia. 

Teléfono de la Esperanza (717 003 717) para recibir apoyo y orientación.

En caso de emergencia vital inminente puede llamar
directamente al teléfono de emergencias 1-1-2