Entrevista a Rodrigo Agüeria
Conversación sobre Una mujer que conocí llamada Yudita (2025) | Especial
Por Juan Canteli Maza · CineFilm
El cortometraje Una mujer que conocí llamada Yudita (2025) nace del cruce entre memoria familiar, archivo doméstico y un proceso personal de confrontación con la propia desmemoria. A partir de unas grabaciones realizadas en el entorno íntimo de su familia, el cineasta Rodrigo Agüeria reconstruye la figura de Yudita, una mujer marcada por el trauma y el aislamiento en el mundo rural. En esta conversación con CineFilm, Agüeria reflexiona sobre el origen del proyecto, la ética de representar el dolor ajeno y el lugar que decide ocupar dentro de la película.
Esta entrevista forma parte del Especial Cortometrajistas en el panorama asturiano que publicamos en CineFilm, donde analizamos distintas miradas contemporáneas del cine hecho en Asturias.
Filmar la desmemoria: Rodrigo Agüeria y la historia de Yudita
En la realización de tu primer cortometraje han colaborado también Pablo Casanueva, en la dirección de fotografía, y Lía Lugilde, en producción, entre otras personas. ¿Cómo se formó ese equipo de trabajo?
Sí, junto a Celia Cuervo, que fue foto fija, y Howi Álvarez, que colaboró en la postproducción. Fue un proceso creativo y personal tan enriquecedor que al final acabamos ayudándonos unos a otros en los proyectos de todos. En mi cortometraje participó la mayoría de las personas con las que coincidí durante ese proceso de formación y creación colectiva que vivimos juntos, al que llamábamos, medio en broma, nuestra particular edición de Operación Triunfo. Nos aglutinamos alrededor de Lía Lugilde, que desempeñó el papel de jefa de producción.
En mi caso llevé más la parte de rodaje, pero Lía fue quien hizo posible la coordinación de todo el equipo, y fue maravilloso. Pablo también imprimió su mirada en el corto desde la dirección de fotografía; Celia nos ayudó con el dossier de postproducción y con la cartelería gracias a su trabajo como foto fija. De algún modo, Una mujer que conocí llamada Yudita fue el culmen del proceso creativo de este grupo tan unido.

¿De dónde nació la idea de realizar este cortometraje? Fue a partir de una conversación con tu tía Montserrat Agüeria.
La conversación sobre Yudita siempre ha estado sobre la mesa en mi casa. Hay un plano en el cortometraje donde se ve la fotografía de Yudita en el salón, y refleja esa presencia constante. Lo que no estaba era mi no-recuerdo, mi desmemoria.
La historia del cortometraje surge durante el desarrollo de uno de los trabajos finales de mis estudios de Máster en Guion en Madrid. Estábamos en clase y comenté que había una señora de mi pueblo que había venido a vivir a mi casa. De pronto se hizo un silencio, en plan: “¿Qué? ¿Perdona?”. Entonces dije que me gustaría contar esa historia en formato película. Me preguntaron cómo se llamaba la señora. Les dije: “Yudita”. Y lo vieron claro: “Ahí tienes el título de tu cortometraje”.
A partir de ahí construí un guion de ficción dentro de una asignatura del máster sobre documentación, en la que realizábamos grabaciones de vídeo. Fue entonces cuando me senté con mi abuela y mi tía a hablar sobre Yudita durante dos horas.
“Mi memoria no va a volver por hacer esta película […] Si no lo recuerdo, es porque no lo tengo que recordar.”
¿Tenías constancia de que existía ese material grabado antes de iniciar el proyecto?
Lo pregunté, pero tengo muchas lagunas al respecto. Recuerdo el momento en que se pasó de la cámara al ordenador y pedírselo a mi tía. Sabía que existía el material. No fue un found footage. Lo que sí desconocía era qué se había grabado exactamente, y tenía claro que yo no quería salir.
Pero acabaste apareciendo…
Precisamente, mi mayor proceso durante el laboratorio fue decidir dónde y cómo ubicarme dentro de la película. No soy muy fan de verme en materiales de archivo, ni de verme en ningún sitio. Soy bastante receloso con mi imagen; confrontarla tampoco es algo que me guste, y menos cuando se trata de imágenes de mi infancia.
Mi desmemoria —que es el proceso al que llego a través de este material— se va a quedar ahí. Mi memoria no va a volver por hacer esta película. Por eso podemos calificarla como una película de memoria o de desmemoria. Como dice mi tía al final del cortometraje: si no lo recuerdo, es porque no lo tengo que recordar.
Y, obviamente, hemos trazado algunas de las razones de esa desmemoria. Cuando Yudita murió yo tenía once años, que fue el pico de un acoso escolar que se prolongó hasta los trece y que había empezado cuando tenía seis. Ese proceso traumático infantil es lo que me lleva a no recordar y a evitar querer verme en esas imágenes de infancia. No solo me ocurre con este cortometraje. También en Aquí donde estoy (2025), de Daniel Braga Alonso, donde participo y que pone directamente en relación mi infancia queer en el pueblo.

Por cierto, ¿quién grabó la parte en que apareces de niño?
Una parte la grabó Andrea, la ahijada de mi abuela, que forma parte de esa familia extensa del pueblo. En algún momento acompañó a mi tía a visitar a Yudita, un lugar al que, por lo general, solo podían acudir mujeres. A mi tía también la acompañaban hermanas y amigas. No hablaban, pero estaban presentes en esos momentos, casi como en pequeñas celebraciones. Si te fijas, las grabaciones coinciden siempre con mi tía llevándole flores a Yudita.
En realidad, mi tía quería registrar lo que pasaba allí arriba para enseñárselo a la gente que estaba abajo. Es algo muy inocente.
¿Qué impresión o sensaciones te generó, a pesar de que tenías presente la historia de Yudita en casa, recuperar el olvido y trabajar sobre este material?
Me removió mucho enfrentarme a mis propias imágenes de archivo de cuando era niño —todavía hoy me duele verlas, eso no se ha ido—, el hecho de no recordar y de haber indagado en una historia que, en el fondo, no es mía, sino de mi familia.
Y también el no poder identificarme del todo con esa parte identitaria de mi familia que es la bondad. La bondad no se trata directamente en la película, pero está presente, incluso en el padre de mi abuela, que transmitió esos valores a las generaciones posteriores.
Después del cortometraje, mi entorno identificó esa misma bondad también en mí. Por lo tanto, lo que realmente me removió fue pasar a formar parte de mi familia de una forma consciente. Y sé que a mi familia también la ha removido todo esto.
El proceso traumático que viviste fuera de la cámara se refleja también en el trauma de Yudita, muy presente en el cortometraje.
Constantemente, sí. Se percibe en la forma en que Yudita se comporta con mi tía y con el pueblo: la necesidad de lavar la comida, la desconfianza hacia los hombres… Está siempre presente.
“El dolor reside en el aislamiento, que en el entorno rural es especialmente fuerte.”
En mi opinión, el ciclo del trauma de Yudita con mi familia se cierra cuando mi tía comenta en el cortometraje que, estando en su casa, deja de lavar la comida. Por fin empieza a confiar. Y para mi tía el mayor momento de gozo es cuando Yudita acepta ir a su casa, derribando esa barrera de desconfianza.
Al investigar cómo se vivía el bullying en el entorno rural —como es mi caso— entendí que muchas veces no se expresa mediante una violencia explícita, como puede suceder en las ciudades, aunque también la haya en los pueblos. El dolor reside más bien en el aislamiento, que en el entorno rural es especialmente fuerte. No te hacen sentir parte de ese todo comunitario que es el pueblo y, una vez que quedas fuera, es muy difícil volver a entrar.
Yo pude hacerlo porque mi familia no se achantó ante lo que me estaba pasando. Algo parecido a lo que ocurrió con Yudita.

Por eso, durante el desarrollo del cortometraje, mi proceso fue encontrar el lugar desde el que ubicarme dentro de la película. En un primer momento me sugirieron que, como contador y también como alguien que había sufrido, podía situarme al mismo nivel narrativo que Yudita, con el eje común de la familia. Pero no me veía con fuerzas para contar esta historia desde ahí, a pesar de reconocer los paralelismos. Incluso partí de una idea inicial: hacer un díptico formado por Una mujer que conocí llamada Yudita y Un niño que creí conocer llamado Rodrigo. Fue entonces cuando la productora, directora y guionista Leire Apellaniz, durante una mentoría a la que asistí, me cazó al vuelo y, en hora y media, me solucionó la película. Me dejó claro que no podía compararme con una mujer que ha sido violada, regalada y que se quedó ciega con noventa años. Y pensé: “Sí, tiene toda la razón”.
¿Hay momentos en los que Yudita y yo nos parecemos? Puede ser. Pero no somos lo mismo. Y, además, el cine es muy dogmático: lo que ves en la pantalla es la visión de una persona, es lo que queda impreso. La película tiene una ética, y yo no puedo ponerme a la altura de esta mujer, por mucho que haya sufrido. No es lícito. En ese momento la historia hizo clic, se desbloqueó, y empecé a verme como un director que decide qué quiere contar, dejando a un lado el trauma para centrarme en la desmemoria y en la bondad.
“Todo el pueblo sabía que existía, pero se la trataba como una outsider, casi como una bruja […] Mi familia forzó a todo un pueblo a volver a mirar hacia esta mujer.”
¿Cómo llegó a conocer tu tía Montse a Yudita?
Todo el pueblo la conocía. Sabían de su existencia y que vivía en una cabaña aislada en el monte, pero se la trataba como una outsider, casi como una bruja. Un tropo de bruja que, a diferencia de la figura clásica —la curandera—, en su caso se construyó más bien por su apariencia y por su forma de vivir. Montse, mi tía, bailaba en grupos folclóricos y acudían a la Peña de los Cuatro Jueces —que une Sariego, Villaviciosa, Gijón y Siero— para participar en las fiestas que se organizan allí en septiembre. Cuando el autobús subía por aquella carretera, la gente iba ojo a avizor, a ver si conseguían localizar a Yudita. Era un momento en el que se mezclaban la tensión y la atracción por su figura. Todo el mundo sabía que existía, aunque desconocían hasta qué punto su vida había sido extrañada o apartada.
Mi tía entra en contacto con ella cuando, desde la Mancomunidad de la Sidra, le piden que vaya como ayuda a domicilio para comprobar su estado: si aún continuaba viva o no. Hasta entonces, unas ancianas del pueblo solían llevarle comida. En 2001 esas mujeres dejaron de hacerlo y, como mi tía era entonces concejala en Sariego, avisaron al cura. El cura habló con mi abuela —que ejercía un papel muy claro de matriarca en la familia— para que Montse pudiera encargarse de llevarle comida. Mi abuela, sabiendo que mi tía aceptaría, accedió con una condición: que la comida la gestionarían ellas y que sería siempre comida casera, a pesar de que el cura y el ayuntamiento se ofrecieron a financiar los gastos.

Hablando de curas, hay un tema que me genera mucha curiosidad. Tu tía, al recordar el último día de Yudita, menciona al cura de Caldones, una parroquia de Gijón donde yo he nacido y que, por generación, podría ser contemporáneo de Yudita. Creo que se refiere a él, porque en mi pueblo todo el mundo le tenía bastante respeto, incluso miedo. Lo que no termino de entender es la anécdota que repite Yudita como un mantra: “Alguien de la Arrimá mató al cura de Caldones”. Pero ese cura no murió: ¡vivió tantos años como Yudita!
¡Eso es de hace cincuenta mil años seguro! (risas). Imagínate: Yudita se aísla después de la violación que sufrió cuando tenía veintisiete años, algo por lo que decidí pasar de puntillas en la película porque no era el eje central de la historia, aunque todo el mundo sabía que había ocurrido. A partir de ahí se aisló y mantuvo alguna relación con gente del pueblo, pero muy residual. Así que las historias y el salseo del pueblo le llegarían a cuentagotas.
En algún momento, entre 1910 y 1980 —por decir algo—, se enteraría por alguna persona del pueblo que “alguien de la Arrimá mató al cura de Caldones”, y ella se quedó con esa idea. Intuyo que podría referirse a algún acontecimiento relacionado con la Guerra Civil.
Es posible, porque a ese cura lo dispararon mientras huía durante la guerra y, aunque quedó malherido, sobrevivió.
Habrá que averiguar si quien disparaba era de la Arrimá (risas), porque Yudita lo soltaba así, sin más, con mucha sorna. Mi abuela, que fue la persona que más tiempo pasó con Yudita en casa, recogió muchos de esos recuerdos de las conversaciones que mantenían, todos esos salseros que ella guardaba en su memoria. Incluso llegó a despotricar contra una señora que, al describirla, mi tía dijo: “Pero si esa ye mi güela”. Y Yudita respondió: “Bueno, señora, usted no tiene la culpa”.
No dejaba títere con cabeza. Y eso también me hace pensar en todo lo que debió de vivir esa mujer y en cómo esas historias la acompañaron durante años de aislamiento, prácticamente sin relacionarse con nadie, hablando sola.
En el cortometraje se transmite cómo el entorno de Yudita se fue reduciendo poco a poco hasta quedar prácticamente encerrada en ese pequeño espacio, casi como una prisión marcada por el recuerdo. Los ruidos, las noches, el frío, la falta de un lugar donde cuidarse… ¿Sabes si salía de aquella cabaña?
Esa cabaña de bloques que se ve en el cortometraje la edificó el Ayuntamiento en los años noventa, muy cerca del lugar donde Yudita había vivido antes. La anterior se estaba cayendo a cachos, hasta el punto de que a veces tenía que refugiarse en la cuadra.
Yudita vivió en ese monte porque, de niña, fue regalada a una vendedora ambulante de castañas. Provenía de una familia de pescadores de Cimadevilla y su madre conoció en la plaza a la madre putativa de Yudita, María «La Riega». Yudita creció en esa zona, donde María tenía una cabaña muy pequeña con una cuadra. Después de la violación, se aisló en esa casa mientras María seguía vendiendo castañas con la ayuda de la beneficencia del pueblo, porque los recursos que obtenían de esa venta eran muy escasos y además dependían de la estacionalidad.
Cuando María murió, un vecino del monte contaba que oía a Yudita llorar a gritos, de pura desesperación. Fue sobreviviendo gracias a una pequeña huerta y a algunos animales. En los días de niebla aprovechaba para meterlos en los praos de los vecinos para que pastaran. A veces se la veía bajar a la Pola o a Sariego con una oveja, casi como una aparición para la gente del pueblo.
Una desconexión total con la realidad de su tiempo.
Mi abuela llegó a preguntarla en una ocasión si alguna vez había visto la televisión, porque Yudita nunca tuvo luz ni agua. Ella respondió que sí: que, al volver de la Pola, se había parado en un bar donde la televisión estaba encendida. ¡Pero quién sabe cuándo ocurrió aquello!

La figura salvadora de tu tía Montse, como lazo de conexión con el exterior, resulta determinante en la vida de Yudita.
Sí, y al final también la de toda la familia. Montse tiene un carisma y un carácter que hicieron que Yudita no solo se abriera al pueblo, sino que el pueblo también se abriera a Yudita.
Lo que más me impactó de esta historia es que mi familia forzó, de alguna manera, a todo un pueblo a volver a mirar hacia esta mujer. Me emociona ese trabajo de inclusión brutal, hecho sin buscar ningún mérito y casi sin pensarlo, como si fuera simplemente lo que había que hacer. Cuando Yudita aceptó venir a nuestra casa, la gente del pueblo empezó a pasarse por allí para visitarla y hablar con ella. Algo que podrían haber hecho durante muchos años mientras vivía en su cabaña, aunque también es cierto que, en una situación de aislamiento como la suya, ella misma rechazaba muchas veces ese contacto.
Cuando eres adolescente y estás en ese proceso rebelde en el que te cuestionas quién eres y quiénes son las personas con las que vives, yo rechazaba muchas cosas y me preguntaba por qué mi familia acogía a tantas personas y por qué eran tan bondadosas.
¿Tú no te consideras una persona bondadosa?
No… sí. Yo sí me considero una persona bondadosa. ¡Soy increíble! (risas). Pero en gran parte se lo debo a mi familia. Y después del estreno del cortometraje y de la repercusión que ha tenido, también me han hecho ver que han comprendido mi mirada. Y yo, a su vez, me he permitido abrirme con ellos.
