Entrevista a Inés G. Aparicio
Conversación sobre La Diva, mi Abuela y Yo (2025) | Especial
Por Juan Canteli Maza · CineFilm
El cortometraje La Diva, mi Abuela y Yo (2025) se sitúa en el cruce entre memoria familiar, cultura popular y exploración visual de la animación. A partir de los recuerdos de su abuela Esperanza González y del legado artístico de la cupletista Lilian de Celis, la cineasta Inés G. Aparicio construye una pieza que dialoga con el imaginario del cuplé y la transmisión de experiencias entre generaciones de mujeres. Mediante el uso del collage, el archivo doméstico y la animación, la película recupera una tradición escénica donde el deseo, la ironía y la picaresca funcionaron también como formas de afirmación y resistencia dentro de la cultura popular.
Esta entrevista forma parte del Especial Cortometrajistas en el panorama asturiano que publicamos en CineFilm, donde analizamos distintas miradas contemporáneas del cine hecho en Asturias.
La memoria cantada: Inés G. Aparicio entre el cuplé, la animación y la transmisión de la memoria
Rescatas la memoria de tu abuela a través de tu propia mirada al recordar los tiempos que pasasteis juntas. Dos mujeres —la abuela Esperanza González y la nieta— conectadas por una canción: El Batallón de las modistillas.
Me encontraba en un momento en el que no me apetecía hacer cine, en la época post-covid, y coincidió que mi abuela se fue a vivir a casa de mi madre. Me pareció interesante grabar sus recuerdos.
Cuando cantó esa frase de El Batallón de las modistillas —“Si Dios no media, tendremos las mujeres que ir a la guerra”— descubrí a Lilian de Celis, una figura que conocía de toda la vida pero cuya dimensión desconocía. Hablé con Lilian y me dio acceso a su archivo, muy agradecida de que nos involucráramos. Sentí que era algo que debíamos hacer.
Son los hombres con nosotras
En la paz muy bravucones
Y nos tienen dominadas
Sin dejarnos rechistar
Pero en cuanto que nos vean
Decididas a la lucha
Con las suegras en vanguardia
De correr no pararán
— Batallón de modistillas

Tu cortometraje nos invita a viajar en el tiempo para recuperar la memoria y construir un testimonio que no se pierda. En él aparecen cuestiones como el feminismo, el folclore o la sexualidad a través de las letras que se cantan. De alguna manera constatas el cambio, pero también evidencias que ciertos patrones siguen repitiéndose.
Escuchar a una abuela o a una persona mayor —especialmente a las mujeres— nos lleva casi siempre a un mismo lugar: las cocinas, el acto de tejer, esos espacios de intimidad donde se comparten las historias. Y a través de la memoria de mi abuela aparece también Lilian, al otro lado, recuperando esos cuplés de finales del siglo XIX y principios del XX.
Durante el proceso de realización del cortometraje ya lo intuía, pero después de leer bastante documentación sobre aquella época pude confirmar que existía un patrón muy parecido al de hoy: mujeres muy libres y muy batallonas en muchos ámbitos, también en lo sexual o en la manera de tomar las riendas de su propia vida.
Luego está la relación entre Lilian y mi abuela, que más o menos pertenecen a la misma generación. Me interesaba mostrar cómo dos mujeres con vidas tan distintas han habitado un mismo tiempo y cómo, de algún modo, esas historias han terminado afectando al presente de las mujeres.
¿Crees que el cuplé sigue siendo subversivo o lo hemos domesticado desde la nostalgia?
En el MUSOC tuve la suerte de compartir mesa con la investigadora y divulgadora Lidia García, especializada en copla y feminismo. Allí explicaba cómo aquellos primeros cuplés fueron restringiendo el atrevimiento de sus letras para adaptarse a los tiempos.
Sin embargo, hay algo de ese primer cuplé que ahora se está recuperando y que funciona muy bien hoy. De ahí también la importancia de contar con Rodrigo Cuevas para que cantara junto a Lilian en la banda sonora del cortometraje y representar así esa unión entre generaciones.
Por otra parte, Álvaro Retana —que es el único personaje masculino que aparece en el corto— era un hombre excepcional y muy poco valorado. Ahora su memoria empieza a recuperarse, pero durante el proceso de documentación apenas pude encontrar información sobre su vida. Sí se conservan sus libros, claro, porque él mismo se autodenominaba “el novelista más guapo del mundo”. Por eso yo le decía a Rodrigo que era casi una reencarnación de Álvaro Retana: polifacéticos, provocadores, divertidos…
“Me interesaba que cada personaje incorporara algo material de las personas a las que representaba.”

¿Crees que existen similitudes entre aquellas cupletistas y las artistas actuales que trabajan desde lo corporal y lo reivindicativo?
Sí. En algún coloquio surgió un tema muy curioso: la relación entre las divas antiguas y las modernas. A las divas de finales del siglo XIX lo que las hacía brillar era, precisamente, no callarse nada. A diferencia de ahora —como apuntaba un espectador en ese coloquio— muchas artistas actuales están sometidas al mejor postor para no perder la fama.
Eso no quita que hoy siga habiendo personas que se atrevan sobre el escenario y que mantengan ese espíritu provocador. Pero también existe todo lo contrario.
El cuplé fue un espacio donde muchas mujeres negociaron poder, deseo y autonomía dentro de un marco profundamente popular. ¿Te interesaba precisamente ese cruce entre cultura popular y emancipación?
Sí, totalmente. Además, en mi opinión, parte de que el cuplé y la copla tuvieran tanto éxito se debe también a mujeres como mi abuela, que quizá no iban a ver a las artistas a El Molino, pero sí tarareaban sus canciones continuamente en casa. Muchas veces no era tanto por el mensaje de las letras, sino por la música, que les gustaba y se quedaba con ellas.
¿Qué relación guarda el término sicalipsis con el cuplé?
La sicalipsis —o lo sicalíptico— es un término que se inventó a finales del siglo XIX y que etimológicamente se ha asociado a una idea muy picaresca, la expresión “frotarse el higo”. En el contexto del cuplé se relaciona precisamente con ese juego de dobles sentidos y con una cierta picardía en las letras.
Durante el proceso creativo del cortometraje apareció también un libro de la editorial La Felguera titulado Sicalípticas. El gran libro del cuplé y la sicalipsis, que aborda precisamente este periodo.
En los últimos años han surgido muchas publicaciones y estudios sobre este tema, algo que me alegra profundamente. En un cortometraje inevitablemente se pierde mucha información, y mi intención era más bien generar pequeñas gotas de interés para despertar la curiosidad del público y que después pudiera seguir investigando por su cuenta.
“Mi intención era generar pequeñas gotas de interés para despertar la curiosidad del público.”
La animación transforma la memoria en una materia viva. Juegas con la plasticidad de los materiales como si los recuerdos fueran tintes que se diluyen en el tiempo: collages que construyen a los personajes, fotografías que afloran del dibujo… Estudiaste Bellas Artes, ¿cómo llevaste a cabo el proceso creativo?
En un primer momento me planteé hacer un documental, pero dadas las circunstancias de la pandemia no sabíamos si podríamos rodar. Diego Herguera, productor ejecutivo de Sultana Films, a quien conozco desde mi etapa universitaria, me puso en contacto con el mundo de la animación. En ese momento él estaba trabajando en la animación de El sueño de la sultana (2023), de Isabel Herguera, y durante la pandemia me animó a participar en un proyecto colaborativo online. Aquella experiencia dejó el poso necesario para despertar mi interés por la animación. Aun así, tenía muy claro que quería utilizar también el material fotográfico de archivo de mi abuela y de Lilian.
El proceso creativo fue bastante complejo. Ángel Peris, experto en tinta y papel —que también había trabajado en El sueño de la sultana— fue el encargado de diseñar los fondos. Su proceso consistía en dibujar con tinta azul, trabajando la luz, la sombra y la silueta; después esos dibujos se digitalizaban y a partir de ahí se coloreaban.
Para el diseño de los personajes utilizamos una mezcla de texturas cercanas a la cera, combinadas con pinceles digitales y collage. Me interesaba que cada personaje incorporara algo material de las personas a las que representaba. En el caso de mi abuela utilicé fragmentos de sus propios diarios para construir el mandil; y para la nieta recurrí a patrones de costura como los que antiguamente publicaban las revistas.

Has presentado el cortometraje en el Málaga Short Corner, en la SEMINCI, después viajó a Bilbao para el International Film Festival, al Festival de Aguilar de Campoo, se presentó oficialmente en Asturias en el FICX y ahora en CortoGijón. ¿Cómo fue recibido el cortometraje fuera de Asturias?
Muy bien, porque habla desde un lugar común. Aunque en el cortometraje están muy presentes mi abuela o Lilian, y por tanto hay una dimensión asturiana muy clara, nunca lo planteé durante el proceso como algo exclusivamente ligado a nuestra tierra.
Al final estamos contando una historia bastante universal, y mi objetivo era que el público pasara un buen rato. De hecho, durante algunas proyecciones en distintos lugares de España el público empezaba a aplaudir en los títulos de crédito, al ritmo de la música. Es un momento que me encanta.
A pesar de que estoy muy vinculada al MUSOC y a ese cine más social, más de tripas, creo que en los tiempos que vivimos también funciona muy bien ofrecer diez minutos de alegría. Me gusta mezclar esa parte de purpurina y de abuelas como lugar común, y desde esa cotidianidad abrir la puerta a mundos más grandes. Pasar por el mundo con los ojos y las orejas abiertas.




