Un viaje hacia la pérdida
Sirât (2025) | Crítica | Especial Oscar 2026
Por Krista García · CineFilm
La crítica de Sirât, la nueva película de Óliver Laxe, confirma que el cineasta gallego sigue apostando por una experiencia cinematográfica radical, tan fascinante como divisiva.
En CineFilm continuamos con nuestro Especial Oscar 2026, una serie de miradas dedicadas a algunas de las películas que marcan la temporada cinematográfica y compiten en la 98.ª edición de los Premios de la Academia. Más allá de la competición, este especial propone una mirada crítica sobre las obras, sus discursos y el momento cultural que atraviesa el cine actual.
Un viaje hacia la pérdida y la conciencia en el desierto de Óliver Laxe
Sirât (2025)
Dirigida por Óliver Laxe
España · 114 min
Está claro que, desde que aterrizó en los cines, esta controvertida película no ha dejado indiferente a nadie, para bien o para mal. Este film de Óliver Laxe llega a los Óscar nominado a mejor película extranjera y mejor sonido. Además, ya se ha llevado seis Goyas técnicos —montaje, sonido, fotografía, música original, dirección de arte y dirección de producción— y el Premio del Jurado en Cannes.
La película sigue a un hombre (Sergi López) y a su hijo (Bruno Núñez), que emprenden un viaje al sur de Marruecos en busca de su hija y hermana, desaparecida seis meses atrás en una rave. Este tipo de fiestas de música electrónica, caracterizadas por su música envolvente, luces y ritmos intensos, se celebran durante largas horas en las planicies desérticas.
Así arranca una historia de ritmo desigual. El comienzo se desarrolla con pasmosa lentitud y una música machacona. Cuando empiezan a hacer preguntas incómodas, no son bien recibidos. Deciden seguir a un grupo que asegura haberla visto.

La relación entre los personajes resulta inconexa. Aunque Laxe parece querer que solo importe el momento, los protagonistas quedan desdibujados. Despista la falta de información que existe sobre ellos. Solo cambian las cosas en momentos de absoluta necesidad, cuando no tienen más remedio que permanecer unidos.
Es entonces cuando descubrimos que cada uno arrastra una gran herida abierta de la que intenta huir sin conseguirlo. En ese punto logramos vislumbrar el interior de unos personajes cuyo mundo interior parece ser, en realidad, lo verdaderamente importante.
“Cada personaje debe lidiar con sus “pecados”, culpas y contradicciones. Deben atravesar ese puente —más delgado que un cabello y más afilado que una espada— que separa el Infierno del Paraíso.”
Sin embargo, hay que remarcar lo complicado que es rodar en parajes abiertos como estos, y ahí la película brilla. El paisaje desértico a pleno sol, las puestas de sol o la forma en que se construye el sonido envolvente están especialmente logrados. Se escuchan las rodaduras de los furgones, los coches huyendo, un suave murmullo o incluso el ladrido de un perro.
A partir de la mitad de la cinta es cuando la historia se vuelve más interesante. La pretensión del protagonista por controlar la situación en todo momento fracasa estrepitosamente y llega la tragedia. Pierde a su hijo de una forma fortuita, casi absurda.
Esta pérdida no cae del todo por sorpresa. Se ve venir, aunque no exactamente de esa manera. La situación parece encajar a calzador. Cada vez queda más claro que se trata de un viaje a ninguna parte y que el encuentro con su hija se convierte en una misión imposible.

A continuación, el cerco se estrecha. Llega el dolor por la pérdida, la sinrazón amenaza la cordura y la persecución a la que son sometidos por parte de los militares —acostumbrados a salirse con la suya— se convierte en la gota que colma el vaso. Llegar al destino se presenta cada vez más difícil.
Se aproxima entonces el enfrentamiento final, el término del Sirât. Un camino que comenzó con los miembros del viaje ajenos a lo que se les venía encima. Un trayecto plagado de vicisitudes y dificultades que conlleva sufrimiento, pero que conduce también a una posible madurez o toma de conciencia.
Cada uno debe lidiar con sus “pecados”, culpas y contradicciones. Deben atravesar ese puente —más delgado que un cabello y más afilado que una espada— que separa el Infierno del Paraíso. En este caso, el Sirât está representado por una senda invisible plagada de minas.
La poca convicción con la que cruzan y el miedo que les recorre llevan a sus compañeros a fracasar en su intento de salvarse de la “quema”. Mientras tanto, él, con una Esperanza inquebrantable, sale victorioso de la afrenta cuando nadie apostaba ni un euro por él.

El punto álgido de la película llega en su parte final. Otro acierto, ya que el ritmo va claramente in crescendo. Resulta también evidente una crítica nada velada al militarismo, al despotismo y al uso de las bombas antipersona.
El guion de Laxe, sin embargo, no consigue un resultado completamente homogéneo. Quedan demasiados cabos sueltos. En las salas, la mitad de los espectadores se muestran sorprendidos o perplejos, sin llegar a una conclusión definitiva.
Las pretensiones estéticas rompen también el equilibrio. La grandilocuencia termina por alejar la película de un tono más crítico y más cercano a la verdad. Todo queda, en ciertos momentos, un tanto impostado. Incluso el compromiso político no alcanza el resultado deseado. Muchos han criticado también la posición política del director.
¿Por qué mandar esta cinta a los Óscar? ¿Porque se sale de lo corriente? ¿Porque pertenece al Novo Cinema Galego, donde los cineastas trabajan con gran libertad estilística? Tampoco es de recibo —según algunos críticos— que detrás de la producción esté la mano de los hermanos Almodóvar, Pedro y Agustín. Que no haya malentendidos: pueden producir lo que quieran. Pero, más allá de La Mancha, existen otros horizontes en el cine español.
Hay películas que podrían haber sido firmes candidatas. Cuando digo candidatas, me refiero también a films dirigidos por mujeres como la ganadora del Goya Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa; Romería, de Carla Simón —su segunda preselección consecutiva—; o Sorda, de Eva Libertad. Todas ellas las analizamos en el Especial dedicado a las mujeres nominadas a los Goya 2026.
En definitiva, una película de factura irregular que no convence a unos y maravilla a otros. La suerte está echada. Veremos qué sucede el domingo, ya amaneciendo, 16 de marzo.

Nominaciones de Sirât (2025)
Óliver Laxe

