Mirando atrás sin ira

Érem una gran familia (2026) | Crítica | CineFilm

Mirando atrás sin ira

Érem una gran família (2026)
Dirigida por Cristina Rosselló
España
· 80 min
D’A Film Festival 2026 – Sección Talents

Érem una gran familia se sitúa en ese territorio híbrido entre la no ficción y la narrativa dramatizada, donde los acontecimientos se reconstruyen a partir de las conversaciones que la directora mantiene con los descendientes de una familia catalana, provenientes de la clase media-alta de la burguesía de Vic.

El documental abarca toda una generación familiar, tomando como punto de partida la unión de dos familias reconocidas: por un lado, los Fiter, en ascenso y fundadores de los Licores La Estrella; por otro, los Riera, en decadencia, vinculados al negocio de la longaniza.

A través del matrimonio entre Miquelina Fiter y Josep Riera conocemos los orígenes, la evolución y las desavenencias de una familia formada por cinco hijos. Un recorrido que se inicia en los años cuarenta, cuando una joven Miquelina comienza a aficionarse a la cinematografía, grabando cada uno de los episodios familiares, hasta el fallecimiento de Josep en el año 2000.

Érem una gran familia se estructura en cuatro partes, cada una centrada en distintos miembros de la familia. La primera se articula en torno a las grabaciones iniciales de Miquelina, que registran escenas íntimas y costumbristas: días de picnic, veraneos en la playa, la visita de Franco a Vic o incluso el noviazgo y la boda con Josep Riera.

La segunda parte se centra en la consolidación del matrimonio, iniciándose con la luna de miel —un viaje por distintas zonas de España que llega incluso a Tetuán, entonces parte del Protectorado español en Marruecos—, y continuando con el nacimiento de los hijos durante las décadas de los cincuenta y sesenta, así como con los recuerdos que estos conservan de la relación con sus padres.

“La primera parte del metraje sí revela una clara conciencia de la imagen: hay interés por la puesta en escena y por el montaje, como se aprecia en el acierto de un pequeño número musical en playback protagonizado por las jóvenes de la familia o en las pruebas de velocidad de la cámara realizadas por Miquelina y el señor Fiter.”

La tercera parte se desplaza hacia la figura de Josep, presentado como un personaje oscuro, misógino, conservador y profundamente marcado por la necesidad de recuperar el estatus perdido de la familia Riera. Es aquí donde comienzan a emerger los conflictos internos: tensiones, celos y fracturas entre los hermanos que, aun siendo hoy capaces de identificar sus orígenes, acaban cristalizando en una constatación inevitable: Érem una gran familia. Un ser ysentir en pasado, sin solución de continuidad.

Un sentir que acaba desembocando en el cuarto y último episodio dedicado al hijo primogénito de la familia Riera Firet, que hoy en día ha renegado del apellido paterno, como deja claro al inicio de la conversación con Cristina Roselló, para hacerse llamar el sr. Pattet. Un capítulo donde las voces de los protagonistas que participan de este documental acaban entremezclándose entre acusaciones cruzadas contra la figura de bon vivant del heredero familiar, la verdadera heredera de la fortuna y los hermanos que mirar atrás con resignación hacia un pasado que solo pervive en las imágenes filmadas por Miquelina.

El material audiovisual: un tesoro doméstico

Cristina Roselló construye el documental a partir de un material audiovisual especialmente sugestivo, en tanto que recoge el testimonio vital de toda una saga familiar. Sin embargo, su potencia no se traduce de manera homogénea en términos cinematográficos.

La primera parte del metraje sí revela una clara conciencia de la imagen: hay interés por la puesta en escena y por el montaje, como se aprecia en el acierto de un pequeño número musical en playback protagonizado por las jóvenes de la familia o en las pruebas de velocidad de la cámara realizadas por Miquelina y el señor Fiter. Son momentos en los que la imagen doméstica trasciende lo meramente testimonial.

Sin embargo, no ocurre lo mismo en el resto del material, que adquiere un valor fundamentalmente documental, más cercano al registro familiar que a una exploración formal. La imagen se convierte entonces en una extensión de la fotografía doméstica, trasladada al movimiento, pero sin un desarrollo cinematográfico que la acompañe.

En su intento por dotar de mayor densidad al conjunto, Roselló recurre a la incorporación de audios procedentes del NO-DO y a ciertos efectos sonoros vinculados a un registro ensayístico. Sin embargo, estos recursos terminan por desajustar el conjunto, ya que el material no sostiene del todo esa aspiración a construir un discurso de carácter histórico.

En este sentido, resultan excesivas algunas de las afirmaciones que acompañan al documental, como aquella que sostiene que la película “captura una cara del siglo XX próxima a los poderes del Estado” o que constituye “una crónica monumental y oculta de la España del siglo XX”.

Lejos de estas formulaciones grandilocuentes, el verdadero valor de Érem una gran familia reside en otro lugar. No tanto en su capacidad para representar a una clase social concreta, sino en su habilidad para revelar las dinámicas internas de una familia: sus vínculos, sus tensiones y las formas en que el tiempo transforma esas relaciones.

El documental ilumina así la compleja red afectiva de sus miembros y, sobre todo, la evolución de lo doméstico como espacio visual. A través del celuloide, la vida cotidiana se convierte en memoria, y la memoria, a su vez, en una construcción que adquiere nuevos significados con el paso del tiempo.

Quizá por ello, lo que finalmente permanece es el retrato de Miquelina Fiter: figura central y silenciosa, responsable de haber sostenido, a través de la cámara, la unidad de una familia que tras su desaparición termina por fragmentarse. En su gesto de filmar —constante, casi instintivo— queda fijada no solo una historia familiar, sino también la persistencia de la mirada de Miquelina que se resiste a desaparecer y la huella de su eterna sonrisa frente a la cámara.

Niños y familia jugando en una escena de archivo en Érem una gran familia (2026)

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