El círculo (2020): mujeres atrapadas
en un sistema sin salida
Especial Jafar Panahi
Por Juan San José · CineFilm
En CineFilm continúamos con en Especial a Jafar Panahi, dedicado a suobra y la figura, uno de los cineastas más singulares y necesarios del cine contemporáneo.
A través de una selección de sus películas y su trayectoria, este recorrido plantea una reflexión sobre el cine en condiciones extremas: entre la censura, la clandestinidad y la necesidad de seguir creando.
Jafar Panahi obtiene su primer reconocimiento fuera de Irán con su película El globo blanco (Badkonak-e Sefid, 1995), al obtener la Caméra d’Oren la edición de 1995 del Festival de Cannes. Un premio destinado a reconocer la ópera prima entre las películas de la Selección oficial, la Quincena de los directores y la Semana de la crítica.
Sin embargo, Panahi deberá esperar aún cinco años más hasta su gran consagración internacional: el galardón del León de Oro en el Festival de Venecia del año 2000 por su extraordinaria película El círculo (Dayereh, 1999).
De Cannes a Venecia: la consolidación de Panahi
El círculo (Dayereh, 2000)
Dirección: Jafar Panahi
Guion: Kambuzia Partovi
Fotografía: Bahram Badakshani
Montaje: Jafar Panahi
Dirección artística: Iraj Raminfar
Producción: Jafar Panahi, Mohammad Atebbai
Reparto: Nargess Mamizadeh, Maryam Parvin Almani,
Mojgan Faramarzi, Fatemeh Naghavi
Irán · 91 min
Un relato fragmentado: el relevo como estructura
El filme narra las historias de siete mujeres que, en algunos casos, no tienen relación entre sí. Sin embargo, todas ellas están unidas por un mismo destino dentro de un círculo de opresión que las conecta.
La narración se desarrolla a lo largo de una única jornada, desde la mañana hasta la noche. La película comienza con una mujer mayor en la sala de espera de un hospital penitenciario (detalle que posiblemente pudo pasar inadvertido incluso para cierta parte del público iraní). Está esperando noticias sobre el parto de su hija encarcelada, un acontecimiento que normalmente sería motivo de alegría.
Sin embargo, la noticia se vuelve sombría cuando le comunican que el bebé es una niña. Desconcertada, insiste en que se lo confirmen de nuevo, pues la noticia le produce una profunda desazón: el nacimiento de una niña supondrá un disgusto para la familia del padre.
A partir de ese momento, la cámara sigue muy de cerca a esta mujer en un plano secuencia mientras desciende por las escaleras del hospital. De manera casi casual, deja de acompañarla para incorporar a la historia a un nuevo personaje: una mujer que se cruza en su camino.
La transición ocurre con naturalidad, como si la primera le hubiese entregado un testigo invisible para que descubramos la nueva historia. Panahi utilizará este recurso a lo largo del filme, repitiéndolo para construir un mosaico de la sociedad iraní a través de las luchas y agonías de sus protagonistas, todas mujeres.

Mujeres en fuga: cuerpos vigilados, vidas limitadas
La historia pasa entonces a centrarse en cuatro reclusas que han escapado de una prisión de Teherán, aunque una de ellas es detenida poco después. No sabemos qué delitos han cometido, pero tampoco es relevante: funcionan como representación de la mujer iraní en su lucha por la visibilidad, por la libertad individual, por la capacidad de decisión y por más cosas.
La narración continúa con Nargess (Nargess Mamizadeh) y Arezou (Maryiam Palvin Almani). La primera desea regresar a su pueblo, como si allí estuviera el paraíso que necesita encontrar, aunque el espectador sospecha que ese anhelo nace más de la ingenuidad que de una posibilidad real. Otra de las fugitivas, Pari, busca a una amiga —antigua reclusa que ahora trabaja como enfermera en un hospital— con la esperanza de que la ayude a abortar. Pari es una mujer soltera que es expulsada de la casa de su padre por las violentas amenazas de sus hermanos.
A pesar de todos sus esfuerzos, Pari no encuentra a nadie que la auxilie ni la alivie, no encuentra solución. Y termina deambulando por las calles de Teherán sin saber muy bien qué hacer. En su recorrido se cruza con una mujer ya no tan joven como ella. Su nombre es Nayereh, que evoca la palabra persa dayereh («círculo»). Nayereh decide abandonar a su hija de unos siete u ocho años en plena calle, con el anhelo de que alguna familia con recursos la acoja y pueda ofrecerle una vida mejor porque ella, madre soltera, no puede hacerlo.
Nayereh se incorpora al relato cuando el día parece estar terminando: las calles de la ciudad ya están iluminadas. Como ocurre con las mujeres anteriores, su situación tampoco parece encaminada hacia una resolución optimista. Estamos casi al final de un relato sobre la “cronificación emocional”. Y todo parece conducir a que estas mujeres solo llegarán a alcanzar el mismo lugar del que partieron, de ahí el sentido del título de la película. Sus historias son representaciones metafóricas de vidas atrapadas dentro de una sociedad opresiva como la iraní.

“Panahi recordaba que esta historia tiene una dimensión universal, pues, según él, todos vivimos dentro de un círculo; la diferencia entre unas sociedades y otras reside en la dimensión de su radio.”
Espacios sin refugio
La historia se muestra con una gran desnudez, sin concesiones al mostrar el trato que reciben las mujeres.
Con un estilo cercano al documental, la cámara sigue muy de cerca a los personajes y se detiene en sus rostros. Esta forma de rodar limita la visión de espacios más amplios, y ese estrechamiento del campo visual produce en el espectador una sensación de aprisionamiento y clandestinidad, como si la propia película nos advirtiera: «no te muestres, no mires más allá que pueden verte».
El espectador se convierte así en cómplice de las situaciones que viven los personajes. Panahi transmite con gran habilidad la realidad de una sociedad profundamente represiva tanto para hombres como para mujeres; sin embargo, centra su mirada en estas mujeres valientes que intentan romper el círculo de una sociedad que las reprime y limita con dureza a través de situaciones cotidianas.

en un acto de riesgo.
De este modo nos muestra el rostro más cruel de la sociedad construida por los ayatolás. Surgen situaciones que resultan difíciles de comprender para nosotros, como la de que una mujer no pueda viajar en autobús porque no va acompañada por un hombre o porque carezca de la documentación adecuada o que por viajar en un coche con un hombre que no sea el marido pueda suponer para la mujer una pena de cárcel acusada por practicar la prostitución.
Panahi no parece contar con la necesidad de construir situaciones dramáticas artificiales: es como si simplemente colocara la cámara al hombro y dijera al espectador: «esta es la sociedad en la que vivimos», cada una de estas mujeres, o ha sido encarcelada, o podría estarlo pronto. De ahí el tono documental —o, si se quiere, de docudrama— que impregna toda la película.
El círculo como metáfora universal
Casi todas las escenas se desarrollan en espacios públicos: la calle, una estación de autobuses, un hospital, la taquilla de un cine. Pero, también el propio hogar familiar se convierte en un lugar del que hay que huir. Todos los espacios resultan hostiles y peligrosos: nada ofrece consuelo, no hay refugio ni escapatoria. Las mujeres están atrapadas en un círculo demasiado pequeño.
En una de sus entrevistas, Panahi recordaba que esta historia tiene una dimensión universal, pues, según él, todos vivimos dentro de un círculo; la diferencia entre unas sociedades y otras reside en la dimensión de su radio. Así, en esta historia de relevos protagonizada por mujeres, transitamos por vidas muy distintas entre sí, pero profundamente conectadas.
La película fue prohibida en Irán por sus referencias a la prostitución. Al final de la película, la primera y la última mujer aparecen de nuevo en la misma prisión. Parece que de esta forma buscaba cerrar el círculo. Sin embargo, esta agobiante atmósfera no puede extinguir el espíritu, la fuerza y el coraje de las mujeres. Panahi llegó a afirmar sobre la película: «Si una tiene éxito, todas tienen éxito; si una fracasa, todas fracasan».

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El círculo (2000)
Panahi construye un devastador mosaico de mujeres atrapadas en una sociedad opresiva, convirtiendo el espacio urbano en una forma de vigilancia y encierro
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