El recuerdo vivo del cine italiano:
La huella de Fellini
Especial | Retrospectiva
Por Pilar Fernández Lanza · CineFilm
Volver a Federico Fellini no significa regresar únicamente a uno de los grandes nombres del cine italiano, sino reencontrarse con una de las miradas más singulares e influyentes de la historia del cine.
En sus películas, la extravagancia nunca es un simple adorno, sino una vía para revelar algo más hondo: la fragilidad de los personajes, la fuerza del recuerdo, el ruido del mundo moderno, la teatralidad de la vida y la potencia de la imaginación.
CineFilm dedica esta especial retrospectiva a Fellini y su legado, presente aún hoy a través de las obras de otros cineastas.
Roma, centro del cine
Hubo un momento en que mirar hacia Roma era mirar hacia el centro del cine. En los años sesenta, el cine italiano no solo marcaba una época, imponía una forma de entender las imágenes, los personajes y la manera de contar historias. Hoy ese cine sigue siendo fundamental, aunque da la impresión de que ha ido quedando olvidado para el gran público. Volver a él no es mirar atrás por nostalgia, sino una forma de recordar de dónde vienen muchas de las películas que hoy seguimos admirando.
Lo felliniano: Caras, sueños, música
Hablar de Federico Fellini es hablar de un cine que no se parece a nada. Sus películas funcionan con unas reglas y una coherencia inconfundibles, la extravagancia no es un adorno, es la esencia de su mirada. De ahí nació lo ‘felliniano’, ese momento desconcertante donde lo real se confunde con lo exagerado.
En sus castings, Fellini no busca caras perfectas, su obsesión por los rostros fuera de la norma lo conecta directamente con su contemporánea, la fotógrafa Diane Arbus. Entre Roma y Nueva York, demostraron que en lo extravagante y lo marginal hay una humanidad más profunda que en la perfección de los catálogos. Comparten esa mirada que no juzga, que siente curiosidad por lo diferente. Muchas fotos de Arbus parecen sacadas de un casting para Satyricon u 8½. Arbus busca la identidad en la diferencia, y Fellini busca la verdad en la exageración. Buscan lo mismo, la belleza en lo que otros llamarían «feo» o «extraño».
En sus primeras películas, La Strada y Las noches de Cabiria, aparece ya lo esencial. En esta etapa es imposible separar su cine de Giulietta Masina. Tiene tanta fuerza que, sin decir nada, lo dice todo. Sus gestos de payaso no suavizan el dolor, lo hacen más evidente. En La Strada, su personaje es un animal fiel, un cachorrito que sigue a su dueño con una inocencia que duele. Son historias crudas, directas, con un dolor que se siente casi físico.
“Para quien no lo conozca, sus películas no dependen de modas ni de épocas, son una manera distinta de mirar. Basta entrar en ellas una vez para entender que la libertad, la imaginación y la fuerza de su mirada continúan latiendo en el cine de hoy.”
Con La Dolce Vita u 8½, su mundo se hace más grande. Aparece el ruido, la ciudad y el espectáculo. Fellini se suelta y mezcla lo real con lo imaginario, ya no le importa la historia, solo la fuerza de la imagen. En 8½, Fellini hace un ejercicio de honestidad: hace el autorretrato de un director que está perdido y no sabe qué rodar, convirtiendo su crisis creativa en película. Al reconocer su bloqueo, Fellini deja de dirigir una película y empieza a dibujar sus propios miedos. Pero es imposible separar este mundo visual de la música de Nino Rota. Sin sus melodías, el cine de Fellini no sería ese desfile eterno y de fiesta. En películas como 8½ o Amarcord, la música de Rota funciona como un interruptor mental. Cuando suena el ritmo de charanga y circo, se recibe el permiso para dejar de buscar la lógica, ya no estamos en la Italia real, estamos dentro de la cabeza de Federico.
La huella
Esta libertad cambió el cine y dejó su rastro. Pedro Almodóvar aprendió de Masina a mirar la fragilidad de sus protagonistas. En La gran belleza de Sorrentino está Fellini, en esa forma de ver la ciudad y el exceso. Para Scorsese, 8½ es su biblia. Lynch siguió sus pasos al mezclar sueños y realidad sin dar explicaciones. Y esa mezcla también la vemos en Richard Kelly, en Donnie Darko, el conejo gigante es como una foto de Diane Arbus, ese conejo oscuro y extravagante es puro Fellini, que nos lleva de lo real a lo imposible. Incluso en Paul Thomas Anderson, se nota esa misma obsesión por crear mundos caóticos que solo existen en su cabeza. Fellini no hizo una escuela, enseñó a los grandes a inventar sus propios mundos.
Fellini no es solo un nombre central en la historia del cine italiano, sigue siendo una referencia viva. Para quien no lo conozca, sus películas no dependen de modas ni de épocas, son una manera distinta de mirar. Basta entrar en ellas una vez para entender que la libertad, la imaginación y la fuerza de su mirada continúan latiendo en el cine de hoy.
Fellini y su huella. Recomendaciones
El Origen: Los imprescindibles de Fellini
Hay que verla por Giulietta Masina. Su mirada de «cachorrito» fiel y su inocencia duelen de verdad. Es una historia cruda donde el dolor se siente casi físico.
El momento en que Fellini suelta lastre. Se olvida de contar una historia tradicional y se lanza al ruido, a las fiestas y al vacío de una ciudad que es puro espectáculo.
Un desfile de recuerdos exagerados. Gracias a la música de Nino Rota, la película se convierte en ese ritmo de charanga y circo que nos hace entrar en un mundo donde la lógica no importa.
Aquí Masina demuestra que no hace falta decir nada para contarlo todo. Es la fuerza de una mujer auténtica que sobrevive en las calles de Roma sin perder la dignidad.
Su gran ejercicio de honestidad. Es el autorretrato de un hombre que admite estar perdido y, en lugar de disimularlo, decide dibujar sus propios miedos en pantalla.
La Huella: Cineastas que llevan a Fellini en su ADN
Es la energía salvaje de La Dolce Vita pero trasladada a Nueva York. Puro exceso y decadencia, pero con brokers en lugar de aristócratas.
El homenaje más evidente. Un paseo por la Roma de hoy que es tan bella como decadente, muy en la línea de la mirada de Federico.
Allen metido en el lío de la fama y los recuerdos, haciendo su propia versión de lo que supuso 8½ para el cine.
El mejor alumno a la hora de mezclar sueños y realidad sin dar explicaciones. Es la heredera más directa de la atmósfera de 8½.
The Grand Budapest Hotel: Se nota ese gusto por crear mundos que parecen cajas de juguetes y por buscar actores con caras peculiares, casi como si fuera un casting de la fotógrafa Diane Arbus.
Ese conejo gigante y oscuro es puro Fellini. Es una conexión extraña pero real; nos saca de la realidad para meternos en lo imposible, igual que hacían las fotos de Arbus.
La Nueva Savia: El cine actual
Es la que mejor conecta con esa magia que sale de la tierra. Personajes que parecen reales, de carne y hueso, pero que viven situaciones mágicas.
Un circo salvaje y ruidoso sobre los inicios del cine. Es puro espectáculo visual, una fiesta que nunca acaba.
Cine de calle, vibrante y lleno de gente que vive en los márgenes. Tiene esa alegría caótica que a Federico le habría encantado retratar.
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