La épica de lo cotidiano

Al Oeste, en Zapata (2025)
Dirigida por David Bim
Cuba · 74 min

La vida cotidiana de una familia cubana en Al Oeste, en Zapata

Esta película retrata la dura existencia de una familia cubana extremadamente desfavorecida, que habita en las proximidades de un área pantanosa donde sobreviven fundamentalmente gracias a la caza clandestina de cocodrilos, entre el aislamiento, la marginación y el olvido. Unas vidas abocadas a mantenerse en los márgenes de la sociedad y subsistir entre la dignidad y la precariedad.

Para su primer largometraje, el director hispano-cubano David Bim ha necesitado unos ocho años de desarrollo y cinco de convivencia con Landi, Mercedes y Deinis. Casi todas las funciones creativas y técnicas fueron asumidas por el propio autor, dotado de escasos recursos y apoyos externos. Este largo periodo le permitió integrarse y ser aceptado como un miembro más de la familia, creando una profunda relación de confianza que contribuyó a que la cámara no resultase un objeto extraño durante el rodaje. Sin duda el tiempo ha sido la herramienta fundamental para abordar el proyecto y permitir desarrollar un enfoque cercano e intimista del entorno familiar.

El director nos traslada a las ciénagas de la península de Zapata en Cuba, un lugar de alto valor ecológico, aunque inhóspito por su extrema dureza y aislamiento, y nos propone un acercamiento respetuoso (no turístico), por lo que no se muestra como algo exótico sino como un espacio natural cotidiano donde se desarrolla una verdadera historia de amor y resistencia.

El estilo documental observacional de David Bim

Formalmente podríamos considerar esta película dentro del género documental observacional, y aunque la intervención del director en las escenas no se hace evidente, sin embargo se aprecian signos de su mirada autoral, un ritmo pausado con preferencia por la espera prolongada, y donde la vida transcurre delante de la cámara sin necesidad de forzar las situaciones. Desde el primer momento observamos el enfoque artístico que nos propone el autor, más allá del puro documental, con planos y secuencias bellamente fotografiados en blanco y negro, de gran potencia visual, elevando el aspecto estético al mismo nivel que lo ético.

En la primera parte del film se nos muestra a Orlando García “Landi”, un hombre dedicado a cazar cocodrilos en la reserva de Zapata, alejado durante semanas del hogar en el que convive con su esposa Mercedes y su hijo Deinis, que padece de autismo severo. Este trabajo en soledad supone un desafío extremo que le permite llevar regularmente a casa el alimento necesario para la subsistencia de su familia, particularmente de su hijo discapacitado.

Durante este tiempo de aislamiento, apenas están presentes las palabras ni los diálogos, salvo aquellas que escuchamos por la radio, y que nos permiten averiguar el contexto temporal y social donde se desarrolla la historia. La propaganda oficial del régimen cubano sigue lanzando consignas sobre ideas revolucionarias anticuadas en el año 2021, en plena pandemia de COVID. Unos mensajes que sirven como única compañía a un Landi que no parece prestar demasiada atención a sus contenidos.

Intimidad y poesía visual en el cine de David Bim

Las escenas se suceden entre la observación silenciosa con cámara fija y las poderosas secuencias de acompañamiento donde caminamos detrás de Landi hasta su refugio, mientras carga a sus espaldas uno de los cocodrilos capturados, o en esa otra secuencia de caza en plena ciénaga en la que el director nos hace sentir en primera persona toda la tensión y el peligro de la acción. Esa sensación de presencia que aportan los travellings de seguimiento, con cámara en mano posicionada tanto detrás como delante de las escenas, se ve fortalecida por el marcado sonido ambiente de ese entorno selvático, y en el que también forman parte las propias respiraciones y jadeos de Landi.

Podemos disfrutar de algunos de los planos y secuencias más bellos durante los desplazamientos por la ciénaga, con fuertes contraluces y cuidada composición, incluyendo esa maravillosa escena de Landi tumbado en la barca entre arbustos y nenúfares, y que sirve como cartel promocional de la película. Tras ese periodo de aislamiento, Landi se dispone a volver a casa a través de caminos difícilmente marcados, no sin antes despojarse de todos sus ropajes de cazador y vestirse con otro atuendo que no delate su procedencia o actividad: la caza ilegal de cocodrilos.

Landi camina por la ciénaga de Zapata en una escena del documental cubano “Entrada al Oeste” (2025), dirigido por David Bim.
Imagen del documental Al oeste, en Zapata (2025), rodado en la península de Zapata, Cuba.

En la segunda parte de la película, y antes de la llegada de Landi al poblado, observamos la vida cotidiana de Mercedes, las tareas de su casa, la búsqueda de carbón para cocinar, y fundamentalmente los continuos cuidados que requiere Deinis, esperando con impaciencia la llegada de Landi, temiendo que le ocurra algún accidente que empeore aún más la precariedad en la que subsisten. Se aprecia la escasa comunicación con otros habitantes del lugar, probablemente debido a las circunstancias de la pandemia. En este sentido, la única escena donde vemos cierta interacción con otra persona es cuando Mercedes vuelve de recoger carbón y se cruza en el camino con un individuo al que lo único que se le ocurre para saludarla es acosarla verbalmente.

Cuando Landi llega al poblado, y antes de pisar el camino que le lleva a casa, observa a uno y otro lado para evitar que alguien pueda verle, como pareciendo sentirse culpable de lo que necesita hacer para mantener a los suyos, incumpliendo con el aislamiento decretado y con la prohibición de cazar cocodrilos, ¡como si no fuera extremadamente complicado subsistir en ese lugar y en esas circunstancias! Este es un buen momento para reflexionar acerca de la contradicción ética entre lo individual y lo colectivo.

Tras el reencuentro y algunos reproches seguramente cariñosos, se abre el espacio de convivencia en la familia, repleto de momentos de intimidad y cuidados mutuos, destacando la sensibilidad y ternura con la que están rodados los momentos de juego en el mar entre padre e hijo, unas secuencias de gran plasticidad que se convierten en pura poesía visual, y que podemos disfrutar junto con otros hermosos planos y encuadres. Aquí la televisión sustituye a la radio como sonido de fondo, y tampoco hay teléfonos. Las noticias del canal oficial hablan sobre la evolución de los casos de pandemia en el país, cuando Landi le pregunta a Mercedes cómo van las cosas por allí, ella le responde: «aquí nos vamos a morir, pero de hambre».

Fotograma en blanco y negro de “Al oeste en Zapata”: mujer y niño descansando bajo una mosquitera, reflejando intimidad, pobreza y contexto rural.

La extrema vulnerabilidad de Deinis, contrasta con la aparente fortaleza que muestran Landi y Mercedes, cuyos rostros están severamente castigados por la dureza de su existencia, pareciendo mucho más envejecidos de lo que realmente son a tenor de la edad del hijo adolescente. Es inevitable preguntarse aquí sobre la fragilidad del presente y la incertidumbre respecto al futuro que le depara a Deinis. Se suceden varias escenas particularmente conmovedoras, como la partida de Landi de nuevo hacia la ciénaga, donde vemos y escuchamos a Deinis en una especie de ritual de lamentos y movimientos compulsivos que parecen llorar la ausencia del padre, o aquella otra en la que Mercedes canta con un tono desgarrador, casi susurrando, como si de una oración se tratase.

La fuerza de lo cotidiano: amor y resistencia

No hay resiliencia en las vidas de Landi y Mercedes, sino resistencia y aceptación. Se adaptan a las adversidades y sobreviven en ellas pero las circunstancias y el entorno no favorecen para que puedan transformar nada que mejore sus condiciones. Resisten física y emocionalmente, en sus acciones no hay revoluciones como aquellas que aún se escuchan desde la radio o la televisión. Su resistencia se apoya en la extrema necesidad y dependencia que tiene Deinis para con ellos.

Su posición no es la de rebelarse ni buscar ningún cambio en sus vidas, sino la de aceptar y afrontar su condición con resignación, con humildad y con dignidad. En propias palabras del director «ellos se mantienen unidos por su hijo, aunque deban estar condenados a vivir separados la mayor parte del tiempo, porque su amor hacia él activa una fuerza que ni siquiera tendrían para sí mismos».

Pero justamente ahí es donde radica su fuerza, en la épica de lo cotidiano.

Sumergido en este contexto, el director nos propone un estilo contemplativo basado en la pureza de la observación, enfatizando el aspecto visual y sonoro, con una mirada íntima de descubrimiento, en la que no se atisba un discurso político explícito. Su interés es el de acompañar, escuchar sin juzgar, registrar sin buscar respuestas, dejando que cada espectador se haga sus propias preguntas.

Una historia sobrecogedora plagada de emoción y sensibilidad en un cine que se hace poesía ·

Fotograma de la película Al oeste en Zapata mostrando a los protagonistas en un entorno rural.