Entrevista a Pablo Casanueva
Conversación sobre El día que tal… (2025) | Especial
Por Juan Canteli Maza · CineFilm
En El día que tal… (2025), Pablo Casanueva se aproxima a la figura de Miguel “El Melenas” desde un lugar incómodo: el de quien observa y registra sin imponer una lectura cerrada. Lo que comienza como el gesto íntimo de acompañar una despedida —un coche, unas cenizas, una cámara de móvil— termina convirtiéndose en una reflexión sobre el personaje, la identidad y el aislamiento en el medio rural asturiano.
El cortometraje, presentado en la sección Asturias de CortoGijón en su 12º.Edición celebrada el mes de febrero y marzo de 2026, forma parte del Especial Cortometrajistas en el panorama asturiano que publicamos en CineFilm, donde analizamos distintas miradas contemporáneas del cine hecho en Asturias.
Conversamos con Pablo Casanueva sobre memoria, duelo, paisaje y sobre aquello que permanece cuando alguien ha convertido su vida en profecía.
Las nubes que cubren Tresmontes en Asturias
A través de este cortometraje abordas el suicidio de Miguel Díaz Rosete, apodado “El Melenas”, en el año 2018. ¿Qué te impulso a coger la cámara y grabar ese proceso?
Es verdad que no fue el suicidio la pulsión para hacer la película de El día que tal…, sino más bien el acto de despedida. Ahora bien, el hecho de que se suicidara Miguel “El Melenas” reafirma una vida más libre, particular y en pleno conflicto, pero no existía en mí la necesidad de tratar su suicidio.
Todas las películas suelen nacer de una pulsión y en este caso fue muy evidente. La película se realizó a lo largo de varios años. Comenzó el día que se suicidó El Melenas. A los dos o tres días, mi tío Vicente pasó por mi casa para avisarme: “Vamos a tirar las cenizas de El Melenas, ¿quieres venir?”. Me subí al coche, cogí el móvil —porque toda esa secuencia está capturada con el teléfono — y comencé a grabar, sin más interés que la pulsión de registrar aquello y sentirme cómodo en un espacio en el que me notaba un intruso.
Conocía a El Melenas, pero no tenía una relación estrecha con él, como sí la tuvieron las personas que aparecen en el cortometraje. Quizás el cine me dio la justificación para estar ahí. Muchas veces pasa que la cámara, para los que somos más observadores, nos da la licencia de mirar con más libertad, como si fuera un escudo, una careta. De hecho, las caretas están presentes en la película a través del propio personaje.
Posteriormente, monté este material —el trayecto en coche y el momento de esparcir las cenizas —, y se lo pasé a algunos compañeros. Algunos veían mucha fuerza en las imágenes. Fue precisamente Fran Gayo (programador del FICX recientemente fallecido) quien me animó a continuar trabajando en ello. Fue muy especial para mí porque, años después, fue una de las últimas películas que Fran programó en el festival.
Durante un tiempo el material quedó parado mientras realizaba otros proyectos. Volví a él en dos ocasiones. Primero, en 2023, para grabar las secuencias iniciales, donde aparecen mi tío y Miguel hablando de El Melenas en un formato más convencional de entrevista, y también el final, donde se recita el poema que le dedica su amigo.
Más tarde incluí fotografías de El Melenas y el vídeo en el que tira un petardo, rescatado de 2012, siendo un found footage propio, un proceso que me ocurre a menudo y que me resulta muy interesante.
Con esa amalgama de materiales —temporales y también de formato, donde se mezclan fotografías, poemas, grabaciones de móvil y de cámara de cine— fui articulando el conjunto.

Lía Lugilde y tú abordáis el tema del suicidio desde dos visiones distintas, diferentes pero complementarias. Lugilde abre el panorama partiendo de la etimología de la palabra “salto” para aproximarse a esa pregunta sin respuesta: qué lleva a una persona a afrontar de esta manera su destino. En cambio, tu perspectiva se acerca a un caso concreto donde no se cuestiona la decisión tomada por Miguel, sino que se construye un homenaje ceremonioso a una profecía autocumplida. ¿El relato de sus coetáneos, registrado a través de la cámara, funciona como una forma de legitimación para superar el duelo?
Respecto a la profecía autocumplida, es muy interesante la idea de cumplir las promesas por ambas partes. Miguel cumple la promesa de suicidarse, como siempre había dicho, y los amigos cumplen la promesa de tirar sus cenizas.
En mi opinión, todos ellos se escudan en cierta lástima, pero también existe la duda de si Miguel era el personaje o si había alguien detrás de aquel escudo; si realmente quería hacer eso o si el personaje lo devoró y no encontró otra salida que el suicidio. Personalmente, tampoco sé cómo juzgar o valorar su decisión. Mi pretensión no es tratarlo desde la lástima, sino desde una realidad en la que los amigos lo abordan con naturalidad. El suicidio es muy frecuente en esta generación en la zona rural: en la costa se recurre al salto y en el interior a colgarse.
De hecho, el corto tiene incluso cierto tono humorístico, con un humor negro muy presente en algunos momentos, capaz de arrancar una carcajada en medio de la seriedad del recuerdo, sobre todo cuando comentan con gracia el día en que El Melenas decide votar a Herri Batasuna en lugar de Andecha Astur.
Mi intención es mostrar lo que dejó Miguel —y utilizo el verbo dejar porque precisamente él no puede decir nada —; hablan por él, o por su recuerdo, sus amigos.
El hecho del suicidio como tabú, con esa frase a modo de coletilla —“el día que tal…”—, evidencia la incapacidad de la sociedad que rodea a estas personas para tomar medidas que impidan que esa proyección se convierta en realidad. ¿Crees que en el caso de El Melenas se habría podido revertir si alguien lo hubiera cuestionado desde el principio?
Miguel —el amigo que lee el poema al final del cortometraje— es quien más intentó confrontarlo, como relata al principio, pero El Melenas era realmente indomable.
De todos los amigos, Miguel es el que más deja aflorar esa sensibilidad. El hecho de que un paisano de setenta años del concejo de Oriente, con todo lo que supone ese arquetipo, le dedique un poema demuestra una masculinidad en cierto modo deconstruida. Ese es también un rasgo que me interesa que aflore en el corto: que de estos paisanos emerge un recuerdo cariñoso, comunitario y profundamente sentido por su amigo.

La identidad que Miguel Díaz Rosete pareció construirse en torno a un personaje proyectado hacia fuera —donde se mezclan violencia, autodestrucción y la necesidad de ser una nota disonante— parece incluso servir como explicación de su suicidio. ¿Observaste durante la grabación una justificación grupal por no haber podido “hacer más”?
Todos tenemos un personaje, pero el de Miguel era muy característico, hasta parecer una máscara. Y si era una máscara, quizás no habrían podido hacer nada. Esa autenticidad de su personaje también se observa en su manera de morir. El Melenas no se colgó ni se tiró al mar: pegóse un tiru. Y con la pólvora murió. Como dice Miguel al principio del cortometraje: El Melenas quería “bebida y buenos voladores. Y con la pólvora murió…”. Por resignación, acaba bebiendo un chupito en su honor. Una expresión que demuestra lo normalizado que puede llegar a estar que un amigo se pegue un tiro.
Miguel El Melenas vivía en Tresmonte con su hermano y su madre. Su madre murió y su hermano, por enfermedad, acabó en una residencia, donde aún vive. Miguel decidió vender la casa y comprarse un piso en Arriondas. Cuando se acabó el dinero —que le duró un año y medio en la villa, fuera del entorno rural— cumplió su promesa. Como decía: “El día que tal…, me pego un tiro”. No se escondía ni recurría a eufemismos.
Hablando con Tito Montero y Ramón Lluís Bande, comentaban que es un ejemplo de esos personajes que quedan aislados en el medio rural asturiano y que acaban muriendo, tratando de sobrevivir a su entorno. Son especies en extinción, como el urogallo, perdido fuera de su ecosistema. Estos personajes quedan en un no-lugar, no tanto en el sentido postcapitalista de Marc Augé, sino desde la sensación de haber perdido su mundo sin poder adaptarse al nuevo, intentando sobrevivir como pueden.
El Melenas tenía un análisis psicológico interesante. Sus amigos lo definen como alguien muy miedoso. Los paisanos, cuando bajaban por primera vez a las villas, se escudaban en ese “grandonismo” astur, aunque no fuera más que un reflejo de su complejo. El Melenas utilizaba precisamente ese miedo para defenderse.
Esa forma poética de finalizar convierte la vida de Miguel Díaz Rosete casi en una leyenda. ¿Cómo crees que se le recordará en el futuro?
El suicidio está ligado a su personaje y constituye, en cierto modo, el final más salvaje al que podía llegar Miguel, como si lo hubiera escrito Charles Bukowski. Tenía mucho carisma y, en todas las personas que lo conocieron —con mayor o menor relación, como es mi caso—, dejó una huella muy especial. Aún hoy se cuentan historias sobre él e incluso se imaginan cómo reaccionaría ante ciertos aspectos de la vida actual. Eso demuestra la fuerza social que tenía y confirma que la única muerte es el olvido.
Hay una cuestión formal en la película: la presencia de El Melenas más allá de las fotografías y del vídeo final en el que aparece en movimiento es atmosférica. Las nubes en el monte mientras esparcen las cenizas; las propias cenizas formando una nube; y, al final, la explosión del petardo convertida también en nube. Tres formas de un cuerpo que se funde con el paisaje al que regresa, al terreno al que pertenecía, a ese mundo rural ya muerto.
Si necesitas ayuda o apoyo
El Ministerio de Sanidad promueve la Línea 024 de atención a la conducta suicida. Se trata de una línea de ayuda a las personas con conducta suicida, y a sus familiares y/o allegados, a través de la contención emocional por medio de la escucha activa de los profesionales de la Línea 024, la recomendación de que contacten con los servicios sanitarios del Sistema Nacional de Salud o la derivación al 1-1-2, en los casos en los que se aprecie una situación de emergencia.
Teléfono de la Esperanza (717 003 717) para recibir apoyo y orientación.
En caso de emergencia vital inminente puede llamar
directamente al teléfono de emergencias 1-1-2




