Panahi, el mago
Especial Jafar Panahi
Por Juan San José · CineFilm
En CineFilm iniciamos un Especial a Jafar Panahi, dedicado a suobra y la figura, uno de los cineastas más singulares y necesarios del cine contemporáneo.
A través de una selección de sus películas y su trayectoria, este recorrido plantea una reflexión sobre el cine en condiciones extremas: entre la censura, la clandestinidad y la necesidad de seguir creando.
Filmar cuando no está permitido
A veces, para combatir la cruda realidad, hay que ponerle un poco de humor, aunque este no tenga mucha gracia. Tampoco creo que la magia exista, sin embargo, en el caso de Panahi, tal parece que le brinda poderes reales. ¿Y qué gracia puede tener que os diga que 2025 haya podido ser un buen año para Jafar Panahi? ¿O, acaso le han salido cartas favorables en el tarot y así interpretamos que le ha ido bien en la vida? Pues bien, aun no existiendo mucho humor en todo esto y teniendo en cuenta además lo que están sufriendo su país con la guerra actual y no creyendo tampoco en asuntos de magia, resulta que, a este humilde cineasta, el año 2025 le ha ido milagrosamente bien. En diciembre de ese año fue condenado a un año de prisión, pero afortunadamente en ese momento estaba fuera y aún no ha regresado.
Este iraní, probablemente el mejor cineasta que tiene ahora mismo su país, uno de los pocos en el mundo que sabe hacer buenas películas y que, aunque no le dan permiso para hacerlas, las hace de forma clandestina, ha recibido la Palma de Oro del Festival de Cannes el pasado mes de mayo de 2025 por su última película. Nada menos que la Palma de Oro. Pero, como va a por todo, no satisfecho con esto, su película fue también candidata a los Oscar en la categoría de Mejor largometraje internacional para este año 2026, eso sí, por Francia, que es quien puso la pasta y bastantes medios para que pudiera hacer lo que mejor sabe hacer Panahi: cine. “Yo realmente quería que Un simple accidente fuera en representación de mi propio país. Pero cuando una sociedad está oprimida, surgen ciertas dificultades”, confesó Panahi en una entrevista durante su visita a Los Ángeles.
Así que, mientras sus valores y su arte son reconocidos internacionalmente, su gobierno le premia con otras cosas: amenazas, censura, penas de cárcel, confiscaciones. Panahi parece inscrito en dos sistemas de premios al mismo tiempo: uno, el de la comunidad internacional, que le reconoce el talento; y otro, el que emana de su gobierno, que lo castiga.
Un simple accidente (2025), la película ganadora, es un título que encierra toda una filosofía vital, como si la existencia de Panahi pudiera resumirse en esa frase. Viajó desde Teherán a Francia (no se nos olvide que vive allí), recogió el premio y volvió a Irán. Fue aclamado por sus seguidores cuando regresó a Teherán; lo sabemos porque hay imágenes publicadas en redes sociales. ¿Recogería algunas líneas la prensa oficial del país sobre el premio de su compatriota? Que la gente le aplauda lo consideraremos una manera educada de decirle que le quiere; el poder, sin embargo, simplemente lo detesta.
Después volvió a salir del país para promocionar la película, como si nada. Se ha entrevistado con Scorsese, Jim Jarmusch y muchos más. En diciembre de 2025, mientras continuaba con la promoción por distintos países, decidieron condenarlo en ausencia a un año de prisión. Es como un juego extraño que mantiene el gobierno con Panahi. No está muy claro si realmente se atreven a atraparlo. Deduzco que no han encontrado todavía argumentos suficientes para calificarlo como un ser extremadamente peligroso. Pero yo, en su lugar, no me fiaría demasiado: las cárceles de Irán están llenas de escritores.

Desconozco cómo se las arregla Panahi para hacer esto. No lo sé. Hamid Dabashi, académico iraní y, por tanto, alguien que entiende de estas cosas mejor que nosotros, dice que su secreto es muy sencillo: «no hace lo que le dicen». Así, tan tranquilo. Su carrera se basa en ese principio tan elemental y, a la vez, revolucionario. Y no debe de ser nada fácil: no basta con ser testarudo; también se necesita ser irónico, valiente, prudente, humanista y pragmático al mismo tiempo, una combinación de cualidades tan rara como necesaria.
“Y, por encima de todo, se siente profundamente iraní, un amante de su país. No es un artista amargado y panfletario, qué va; es capaz de analizar su sociedad con las herramientas del sociólogo y la mirada de un naturalista.”
Y, por encima de todo, se siente profundamente iraní, un amante de su país. No es un artista amargado y panfletario, qué va; es capaz de analizar su sociedad con las herramientas del sociólogo y la mirada de un naturalista. Panahi quiere a Irán, a su cultura, a su gente. Aspira a recuperar la democracia, dice. Aunque la democracia no va a ser tan fácil de recuperar como quien recupera un objeto olvidado en un taxi de Teherán.
En el cine actual probablemente no exista nadie como él. Nadie capaz de mostrar con tanta claridad, con esa lucidez que tienen algunos artistas cuando tocan el punto exacto de las cosas. Vive en permanente conflicto entre crear y ser machacado por haberlo hecho: hace una película y lo meten en la cárcel por hacerla.
para Film at Lincoln Center
Panahi nació en 1960, en el Azerbaiyán iraní, y vivió en su juventud la Revolución Islámica de 1979. Aquella que derrocó al Sha, que no era ningún santo, e instauró la República Islámica, que, hasta donde yo sé, tampoco está formada por santos. Ya de niño, y después de adolescente, descubrió su interés por el cine. Se formó en el Kanoon, una institución cultural dedicada al desarrollo artístico de los jóvenes, un lugar donde los chavales podían aprender a hacer películas, pero después, ya siendo adulto, le dijeron que no debía hacerlas.
Allí conoció a Abbas Kiarostami, que se convirtió en su maestro, en su mentor, alguien con quien tuvo la fortuna de encontrarse, aunque también hay que decir que se lo buscó. Cuenta que envió un mensaje al contestador de Kiarostami y este debió de ablandarse cuando escuchó su lastimera voz pidiéndole trabajo. Una amistad que duró los últimos diez años de vida del maestro.
Panahi ha desarrollado su carrera bajo un estado que censura a la mujer, que regula el cuerpo, que controla la calle, la vida cotidiana y, por supuesto, el arte. Todo ello, naturalmente, en nombre de Dios, pues los seres humanos no saben dirigir sus destinos sin una protección divina que los guíe y los oriente. Un estado represor que limita todo lo que se puede limitar. Y, sin embargo, ese clima de censura no ha podido con él. No ha mermado su espíritu creativo ni su amor por el cine, ni lo ha reducido como persona: sigue siendo un valiente con determinación.

Es poseedor de una filmografía lúcida y poética, pero también reivindicativa, de las más grandes de los últimos veinte años. Inspirado por un lenguaje cinematográfico que le transmitieron sus maestros, se expresa con delicadeza y determinación, del mismo modo que un jardinero japonés cuida sus bonsáis.
Es heredero de la llamada Nueva Ola del cine iraní, que se desarrolló entre 1964 y 1970, antes de que todo cambiara y empezaran a torcerse las cosas. Después de la revolución del 79, directores como Kiarostami o Bahram Beizai continuaron trabajando, aunque ya marcados por la censura, que es como trabajar con un espía mirándote al cogote. Las películas de Panahi pertenecen a esa tradición, al nuevo cine iraní. Cineastas que han tenido que elegir entre quedarse en su país bajo la censura o marcharse a la diáspora, aunque llevándose consigo historias que siguen siendo profundamente iraníes. Algunos viven en Suecia, otros en Alemania, otros en Estados Unidos. Panahi, en cambio, se quedó.
Ha sufrido persecuciones, prohibiciones y cárcel. En 2010 lo condenaron a seis años de prisión, pena que luego fue conmutada por arresto domiciliario, y además le prohibieron rodar películas durante veinte años. ¡Veinte años! El motivo era haber atentado contra la seguridad nacional y haber hecho propaganda contra la República Islámica. Todo esto consumiría a cualquiera. ¡Uf, qué agotamiento! «Si tengo oportunidad, me largo», pensarían otros artistas en esta situación, y tal decisión sería absolutamente comprensible, incluso sensata. Pero Panahi decidió quedarse. Y nada lo ha detenido.
A pesar de las restricciones, ha seguido rodando películas en la clandestinidad, con medios precarios, sacándolas del país a escondidas. Pero no se nos olvide: lo que sacaba del país de manera ilegal eran películas; el arte era la mercancía prohibida.
Y así es como Panahi sigue haciendo películas, perseguido y, a la vez, ganando premios. Ha dicho recientemente que, cuando acabe con la promoción, volverá a su país. Es una situación absurda, pero real. Tan absurda que resulta cómica, con ese sentido del humor negro que muestra en su última película. Un humor en torno a un hombre que, al final, parece que sabe hacer magia.


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