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Marty Supreme (2025) | Crítica | Especial Oscar 2026

El fracaso del sueño americano en Marty Supreme (2025)

Marty Supreme (2025)
Dirigida por Josh Safdie
Estados Unidos
· 149 min

Desde que vi Marty Supreme (Josh Safdie, 2025) en el cine no dejo de recomendarla a toda persona que se cruza en mi camino. Puede que sea porque necesito que, como a mí, la película le atrape, le mantenga al borde del asiento y salga satisfecha de ver que, lo que le generaba rechazo de primeras, eran falsas premisas. En mi caso, conocedora de forma parcial de la filmografía de los hermanos Safdie, era el ninguneo realizado a los papeles femeninos en Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2018) y ver que la dinámica de personaje “hombre que persigue sus sueños a toda costa” se repetía. Pero mi sorpresa al expresar esta reseña fue la repuesta: “¡¿La del ping-pong?!”. Como si el pimpón (ping-pong o tenis de mesa) fuese el tema central de la trama y no un vehículo o excusa que hace que lo realmente importante pueda fluir a través de la frenética narrativa de Josh Safdie. Es quedarse a las puertas de lo que una película puede ofrecer mediante su subtexto. Ni Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980) es una película sobre el boxeo, ni El Buscavidas (Robert Rossen, 1961) trata de alguien al que le gusta mucho jugar al billar.

Inspirada de manera libre en la vida de Marty Reisman (1930-2012), nos trasladamos a un barrio judío en el Nueva York de los años 50 del cual Marty Mauser (Timothée Chalamet) pretende huir para poder conseguir su sueño: ser campeón mundial de pimpón y situar a Estados Unidos como país referencial de este deporte que en ese momento se encontraba precario y sin federación estadounidense.

“Marty Mauser no es un personaje con unos valores y moral ideales. De hecho, como adelanté al principio, se vuelve a repetir esa dinámica de un hombre egoísta y vanidoso que desprecia y, a su vez, se aprovecha de las debilidades humanas para beneficio propio.”

Marty representa a los jóvenes de la primera generación de la comunidad judío estadounidense marcada por el trauma y el peso mental y físico de la Shoah. Una comunidad que trabaja duramente por ganarse el respeto y la aceptación en una sociedad abiertamente antisemita, siendo diligentes, leales, creando comercios y empleos que justifiquen su “hueco” en ella. Marty, al igual que otros ejemplos donde la juventud perteneciente a grupos marginales— como por ejemplo la comunidad negra ejemplar vs. los Panteras Negras— abandona ese civismo, no duda de aprovecharse y usar a cualquier persona que muestra un mínimo interés en él para conseguir lo que quiere.

La figura Marty es un vaticinio del sueño americano, una de sus primeras víctimas. Un sueño cegador, egocéntrico, individualista e infantil. La música anacrónica que acompaña sus aventuras no es una decisión solamente estética, es un elemento subyacente que interpela a la época Reagan. Los años 80 fueron una época clave para la marca América™, el culto al cuerpo, el self-made man, historias de superación y liderazgo cargadas a sus espaldas de adicciones y abusos de poder. También fue una llamada a una gran migración que, de nuevo como a comienzos de siglo, estaba cargada de promesas, anhelos de una vida mejor y estabilidad, pero los “vampiros” de la pobreza siguen existiendo en estos nuevos continentes.

A través de las cuerdas de la Orquesta Sinfónica Nacional Checa y los coros de la Vienna Synchron, entremezclados con los maravillosos sintetizadores de Daniel Lopatin (Oneohtrix Point Never) —injustamente ninguneado en las nominaciones— se evoca esta Europa oscura y vieja, de la cual Marty quiere desprenderse, que no sea algo que le defina como “un pobre judío”. Los fascistas y la represión nazi en territorio yankee adquieren forma de hombres de negocios, moguls, como Milton Rockwell (Kevin O’Leary, quien es en la realidad uno de estos magnates). Tanto Milton como Marty se utilizan indiscriminadamente para conseguir lo que cada uno quiere obtener, pero como se demuestra a lo largo de la película los pobres siempre acaban siendo unos títeres al servicio del sistema opresor.

Rachel Mizler observa en una escena de Marty Supreme (2025)
Rachel Mizler (Odessa A’Zion) en una escena de Marty Supreme (2025), dirigida por Josh Safdie.

Como se ha podido intuir a lo largo de esta crítica, Marty Mauser no es un personaje con unos valores y moral ideales. De hecho, como adelanté al principio, se vuelve a repetir esa dinámica de un hombre egoísta y vanidoso que desprecia y, a su vez, se aprovecha de las debilidades humanas para beneficio propio. Lo único que importa es alcanzar su sueño siendo lo demás un estorbo. Marty no ve las consecuencias reales de sus actos, desapareciendo cuando las cosas se complican sin asumir ningún tipo de agencia.

Este abandonamiento y abuso lo vemos claramente reflejado en las dos mujeres que le acompañan en pantalla: su vecina y amiga de infancia, Rachel Mizler (Odessa A’Zion), la cual representa el lado más inocente y maleable para él; y una estrella de cine venida a menos sumida en una crisis vital que utiliza la atención de este joven para sobrellevarla, Kay Stone (maravillosa Gwyneth Paltrow). Ellas dos son quienes enfrentan y señalan los comportamientos de Marty, y en ellas observamos las herramientas de manipulación de éste cuando ve que el poder de su relato se le escapa.

Es un alivio ver una película en la que el protagonista y el resto de elenco no son personas excelentes, con sus grises, fallos y errores. Y, además, con un guion (Ronald Bronstein y Josh Safdie) que confía en su espectador y en su inteligencia. Estamos viviendo un auge de Nueva Literalidad —término acuñado por Namwali Serpell en su artículo en The New YorkerThe New Literalism Plaguing Today’s Biggest Movies”— donde mediante guion o recursos visuales se sobreexplican las ideas clave de una película o serie. La repetición del soliloquio de “Ser o no ser” junto a toda la parte final de Hamnet (Chloé Zao, 2025) o el número musical sobre la evolución de la música en Los pecadores (Ryan Coogler, 2025) son ejemplos de redundancia y pobreza narrativa audiovisual que compiten junto a Marty Supreme en esta 98.ª edición de los Premios Óscar.

Como último punto a señalar, Marty Supreme es una película sumamente actual. Se une a la deriva de los últimos años donde la nueva generación de cineastas estadounidenses, junto a otros de trayectoria más longeva, cuestiona el hegemónico relato histórico del país. La situación actual de la ley migratoria en EE.UU. es algo que esta marcando y haciendo tambalear todos los cimientos de este país, el cual siempre se ha enorgullecido de ser fruto del duro trabajo de migrantes. Volver a recordar esto, el migrante como engranaje clave de la evolución del país norteamericano, es vital para recordar que la cultura es porosa y debe ser siempre reflejo de la sociedad.

Obviamente, recordamos la gran epopeya de László Tóth (Adrien Brody) en The Brutalist de Brady Corbet de la anterior temporada ya que comparte puntos muy similares a la pasión y lucha de Marty Mauser. Pero esta crítica y cuestionamiento del panorama actual político y social también se encuentra abordada en dos películas de este año pasado: Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson, quien compite también a mejor película (y mi favorita) y la gran olvidada Eddington de Ari Aster (película que dentro de unos años se leerá como el mejor reflejo de los años 20 de este siglo).

No seré yo quien defienda a un país inmóvil e incapaz de llevar a cabo luchas sociales desde el siglo pasado, pero ver que estos discursos se cuelan en la ostentosidad y alarde de glamour en la gala organizada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, es una desobediencia que irrumpe en el silencio que se encuentra en estos tipos de eventos.

Escena de ping-pong en Marty Supreme (2025) protagonizada por Timothée Chalamet
Una escena del partido de ping-pong en Marty Supreme (2025), la película dirigida por Josh Safdie y protagonizada por Timothée Chalamet.

Nominaciones de Marty Supreme (2025)