The Drama: la escena de un sincericidio

Críticas | Reseñas

La escena de un sincericidio

El Drama (The Drama, 2026)
Dirección:
Kristoffer Borgli
Guion:
Kristoffer Borgli
Fotografía:
Arseni Khachaturan
Montaje:
Kristoffer Borgli y Joshua Raymond Lee
Dirección artística:
John O’Regan
Producción:
Lars Knudsen, p.g.a. Ari Aster, Tyler Campellone, p.g.a
Diseño de producción: Zosia Mackenzie
Diseño de vestuario: Katina Danabassis
Compositor: Daniel Pemberton
Reparto:
Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie, Hailey Benton Gates
Estudio/Distribuidor: A24, Square Peg, Live Free or Die Films
Estados Unidos · 106 min

El sincericidio como detonante dramático

Una de las epidemias del siglo XXI, aparte del coronavirus y los videos de mascotas en RRSS, es sin lugar a dudas el sincericidio. Ese acto impulsivo de ser sincero -que no honesto- al límite de lo enfermizo, particularmente con las personas que forman el círculo de amistades, conocidas o familiares, y ya no digamos los casos más extremos que exponen sus vivencias a través de una red social.

The Drama gira básicamente en las consecuencias de un sincericidio. Charles (Robert Pattinson) y Emma (Zendaya), una joven pareja de clase media que vive en Boston, están a punto de contraer matrimonio. Durante los preparativos de la boda se reúnen para probar el menú del enlace con el padrino y la dama de honor: Mike (Mamoudou Athie), el mejor amigo de Charles y Rachel (Alana Haim), su pareja.

En un momento dado, cuando finalizan la degustación y abren las últimas botellas para echarse esas copas de más que ayudan a calentar el ambiente, surge el juego perverso: compartir la peor acción que realizaron en sus vidas.

Cabe imaginarse que el guionista en este punto de la película sólo tenía dos opciones más: jugar al escuchamos, pero no juzgamos o a la ruleta rusa. Todas ellas, formas de suicidarse públicamente, salpicando más o menos sangre.

Intimidad expuesta, juicio público y linchamiento moral

Sin intención de desvelar las confesiones y señalar cuál de ellas es la que desencadenará el giro de guión para que la boda se vaya a convertir en un auténtico infierno, cabe señalar las reflexiones que la película nos ofrece sobre:

· La presión social por la continua exposición pública, como si el yo intimo debiera exponerse al nivel del yo expuesto, abriendo la puerta a una vulnerabilidad que puede acabar invalidando el otro.

· La incapacidad para escuchar y empatizar en los momentos en que es necesario hacerlo, no solo en el encuentro, también en el conflicto, sin caer en la trampa de patologizar previamente para reforzar los argumentos en contra.

· La histeria colectiva moralista de una sociedad que señala, juzga y lincha, dejándose llevar expresamente por la emoción o una serie de valores que dice más de la persona que apunta con el dedo sin impunidad, al saberse rodeada de una masa que apoya y apremia.

· La incapacidad para discernir ciertos patrones de conducta que pueden resultar más cuestionables que los conflictos ya resueltos de nuestro pasado, sin que estos resulten enjuiciables. Y pongo como ejemplo, el modo en que los protagonistas se conocen o la insignificante importancia que dan los enjuiciadores a su propio comportamiento en el pasado.

Una gran premisa atrapada en un envoltorio demasiado calculado

En el caso de The Drama, la confesión es lo de menos y claramente está construido en clave a los problemas internos que atraviesa la sociedad estadounidense, reforzando ideas huecas – sin mucha reflexión, pero con mucha odio e incomprensión- que acaban por diluirse como un azucarillo.

Una oportunidad perdida y descafeinada, como las sensaciones que dejan normalmente las películas de A24, salvo contadas excepciones. Premisas con enjundia, pero incompletas, que acaban perdiéndose en la moda del algoritmo.

Al terminar de ver la película, me pregunto qué obra maestra del suspense hubiera dirigido Hitchcock con esta historia, o qué acertada tragicomedia existencialista hubiera escrito Woody Allen, sin tantos ambages técnicos que confunden más que clarifican; que se pierden entre tanto virtuosismo.

Para ser honestos y no sinceros, The Drama cuenta con una buena estructura, con un reparto a la altura y una idea que promete al menos un par de horas de entretenimiento. Sin embargo, Kristoffer Borgli se queda a medias, en un malogrado intento por diseñar un bonito envoltorio que lleva dentro un cupón de regalo a punto de caducar.